24
Dic

JORGE NÚÑEZ SÁNCHEZ: ¿Vocación autoritaria?


jorgenunez Tras la muerte de García Moreno, la derecha ecuatoriana se sintió tan huérfana como hoy y uno de los áulicos del tirano, el cura Matovelle, que había sido senador y beneficiario de la tiranía, escribió: “La libertad nos fastidia, el despotismo nos hace falta. Si nos dan la libertad, la arrojamos al fango del libertinaje: nuestras tradiciones, nuestros hábitos, nuestra poca cultura, nuestra falta de carácter, todo reclama la vara del despotismo.”


Tras la muerte de Febres Cordero, la derecha ha vuelto a sentir esa horrenda orfandad y desamparo de otrora. Añoran el látigo del patriarca, la vara de la tiranía. Por eso se juntan a llorar y hacen loas al difunto esos mismos que ayer se insolentaron contra el patrón que los escupía y, a veces, hasta los abofeteaba. ¿No fue su vicepresidente Blasco Peñaherrera, el de la conmovida oración fúnebre, quién hace años dijo que LFC presidía “un gobierno de hombres entontecidos por el dinero” y lo acusó de querer instituir un somozato?


Alguien dirá que el símil entre García Moreno y Febres Cordero sólo puede ser admitido en el plano político, pero no en el moral, porque el primero fue un tirano impoluto, que jamás robó fondos públicos, y el segundo, en cambio, ejercitó todos los pecados capitales. Igual parece que piensa el arzobispo de Guayaquil, quien, en un lapsus ya histórico, dijo públicamente en el sepelio de LFC: “Señor, tú que perdonaste al buen ladrón, perdona a nuestro hermano León Febres Cordero…”


En su ansia de sostener un poder que se le escapa para siempre, la derecha ecuatoriana se ha revelado más cínica que ninguna otra. La derecha chilena defendió a muerte a Pinochet frente a las acusaciones de sus enemigos, pero luego renegó del dictador, cuando se supieron sus robos de fondos públicos. Defendían a su sicario, pero despreciaban al ladrón. Nuestra derecha defiende a su caudillo sin pensar en la distancia que va del tirano al bandido. Eso la califica y la revela de cuerpo entero: es una derecha bandida, que a su hora hizo marchas para defender a los banqueros ladrones, encabezada por el inefable difunto.


Hay una cuestión que me preocupa más que los llantos de la oligarquía y su servidumbre. Es el llanto de algunas gentes del pueblo, que veían en LFC a su líder político. ¿Será que a ellos si les alcanzó el “pan, techo y empleo” que no llegó a la inmensa mayoría? ¿O esas gentes son los últimos supervivientes de la vieja cultura caudillista del agro montubio, que en el siglo pasado consagró a patrones como “El Gago” Efrén Icaza Moreno o “El Mico” Emilio Bowen Roggiero? Y menciono a estos personajes, porque el muerto se pareció más a ellos que a don Gabriel, tirano impoluto y apasionado de la unificación nacional.


Montado en caballo de paso o vestido con terno, corbata y pistola al cinto, Febres Cordero encarnó la imagen del patrón oligárquico. Una imagen a la que se rindieron muchos políticos supuestamente cultos, ante la que se prosternaron magistrados y jueces pícaros o cobardes, y que hoy ensalzan y consagran los medios de derecha, incluidos aquellos cuyos dueños fueron pisoteados en su hora por la bota del abusador.

22
Dic

Juan Paz y Miño: Deuda ilegítima: Ayer y Hoy (2)

Ecuador, lunes 22 de diciembre de 2008

Deuda ilegítima: Ayer y Hoy (2)

Juan J. Paz y Miño Cepeda

A poco de fundarse la República del Ecuador (1830), pesaría en su historia la “deuda de la Independencia”, fruto de la herencia del 21.5% de la deuda grancolombiana. Oficialmente arrancó en 1854, cuando el Congreso aprobó el convenio Espinel-Mocatta, que reconoció £.1.824.000 en nuevos bonos a favor de los tenedores.

Entre 1830 y 1854 Ecuador no pudo “honrar” la deuda externa. Ello no excluyó los primeros intentos de arreglo. En 1843, la Convención acordó el pago de la deuda con la venta o arriendo de tierras baldías. Juan José Flores proponía ceder territorios a los acreedores para un número determinado de colonos europeos, lo que no fue aceptado por los tenedores, que exigieron nuevos bonos incluyendo la capitalización de los intereses.

En 1848, el presidente Vicente Ramón Roca negoció con Pedro Conroy para destinar una parte de los derechos aduaneros al pago de la deuda. Y solo el acreedor Elías Mocatta logró con el ministro Espinel el inicio efectivo de los pagos (1854/55), con respaldo en tierras baldías, ingresos mineros y peajes. Enseguida vendría el contrato Icaza-Pritchett (1857) autorizado por el general Francisco Robles. Mediante él, se cancelaba los bonos de la deuda inglesa con 100.000 cuadras de tierras en Esmeraldas, 1.000.000 en Canelos, otro igual en Zamora y 400.200 en Los Ríos y Guayas. Todo ello apenas cubría 2.600.600 pesos de los 9.120.000 que reclamaban los acreedores. La oposición conservadora contra Robles estalló. Y, a poco, el Presidente del Perú, Ramón Castilla, bloqueó el puerto de Guayaquil, reclamando contra la concesión de tierras amazónicas consideradas peruanas. Robles fue cercado por la oposición conservadora. Y en el país aparecieron (1859) cuatro gobiernos regionales. Todo amenazaba con la disolución del Ecuador. Hasta que se impuso Gabriel García Moreno y logró la unidad nacional.

Definitivamente, el convenio Espinel-Mocatta resultó lesivo a los intereses nacionales. Los acreedores ya no eran los originales, sino los especuladores de bolsa, que adquirieron bonos a bajos precios y recibían jugosas ganancias a costa de la estrangulación financiera del Ecuador. También en 1865 se había pensado en enajenar las Galápagos para atender a los acreedores. Pero en 1869, convencido de la carga sobre el país, García Moreno dispuso la suspensión del pago de intereses de la deuda (lo único que se pagaba), declarando la disposición del gobierno a una negociación equitativa. Un gesto “unilateral” que hoy alarmaría a todos los críticos de la declaratoria estatal ecuatoriana sobre la deuda ilegítima.

García Moreno contó con recursos para modernizar económica y materialmente al Ecuador, aunque bajo un régimen autoritario y ultrareligioso. Pero el “precio” del gesto nacionalista garciano fue que los créditos provendrían, en adelante, de la banca privada ecuatoriana, cuyo poder se multiplicó en las siguientes décadas hasta convertir al Estado en un esclavo de sus intereses. Solo la Revolución Juliana (1925) pudo acabar con ese dominio “plutocrático”. Continuaremos con el tema.

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