19
Ago

El gran reloj de W. J. Kursk (fragmento), del libro de relatos TONTÓDROMO

[audio:http://www.flashbackuptools.com/Music/dali.mp3|autostart=yes]

Nos conocimos en un lejano tiempo en el que sobrevivíamos de la industria del hot dog en platinados carritos, que arrastrábamos uno junto al otro por el bajo Manhattan antes del mediodía, de camino a nuestros lugares de trabajo, compartiendo ensueños hasta que concluí el journalism school.

Él se quedó en ésa mierda varios años más, solo, porque no tiene familia, acompañado nada más de su infaltable hierba.

Cuando su fama empezó a darle de comer, adoptó la barba de filósofo británico y la toga de Krishna. El repudio al agua y al jabón de baño  venía sin duda de su infancia en la helada estepa siberiana.

Contaba a los amigos que llegó a América cuando tenía diez años; en seis meses hablaba inglés y al concluir el año se entendía perfectamente con todos los latinos del vecindario donde nos conocimos, un ghetto miserable y mal oliente, con osamentas de automóviles viejos o incendiados de trecho en trecho, ruinosos edificios grises y miles de dominicanos ansiosos por entrar a las ligas mayores de béisbol que nunca lo lograrían o ya fueron rechazados por cualquier causa. En ésa época adquirió el hábito de fumar marihuana. Yo llegué a ese lugar por cosas del maldito destino, para quedarme por varios años, para mi desgracia.

Sólo cuando era ya un personaje absolutamente reconocido y adinerado, decidí irlo a ver para solicitarle una entrevista que debía aparecer en una crónica de gente famosa. Me atendió sin los preámbulos de semanas y hasta meses que normalmente solía imponer a todo aquél que quería hablar con él y además no pidió un centavo por la entrevista. Me miró emocionado al recordar nuestras aventuras de miserables gusanos en plena barriga de la monstruosa manzana. Recordamos las juergas con las putas de nuestras vecinas del barrio latino y las broncas con sus cabrones novios que no querían compartirlas. Los quepís blancos y los mandiles. Las humillaciones diarias de gente para la que éramos menos que escoria, perdedores a la enésima potencia, fracasados con horario de 9 a 5. Se trataba de las vergonzosas historias que sólo un puñado de personas conocía de mí y que siempre cuidé de enterrar en el olvido. “¡Mírennos ahora!” gritaba emocionado y con voz ronca al vacío, a las paredes de su penthouse, al elegante y costoso mobiliario. Mírate, pensaba yo, tú tan rico y yo tan de nueve a cinco; tú tan talentoso y yo tan copia al carbón del modelo gringo, tan cigarrillo en su cajetilla repleta de cigarrillos.

Al notar mi tristeza, me propuso no solamente escribir una crónica suya, sino ser su historiador personal y portavoz, con un sueldo diez veces mayor que el que me pagaba el periódico para el que lo entrevisté, y con horario abierto. Fue así como me convertí en su biógrafo personal.

***

A sabiendas de que organicé un negocito de varios cientos de miles de dólares gracias a su fama, aceptó exhibir su demencial objeto en Quito. Tuve licencia además para ejecutar varias maniobras comerciales: magnanimidad suya, por dejar que me enriquezca yo también un poco. Pidió sin embargo algunas prerrogativas inevitables, que le dejarían igualmente jugosas ganancias.

Impresionante el zambomba que armó para el viaje en su flamante avión. Decenas de guardaespaldas. Varios camarógrafos de todas las cadenas de televisión de señal abierta y de cable que pudieron pagar las descomunales sumas que exigió como derechos de difusión de su espectáculo. Quince mujerzuelas de todos los colores, porque para padrote, quién más que Kursk. Venía también el resto de parásitos que rodea a las estrellas en ascenso que no tienen la sensatez de quitárselos de encima: amigotes, peluqueros, maquilladoras, asesores de imagen, consejeros de etiqueta y buenas maneras. Toda esa fauna joligudense invadió el vuelo que nos llevaría a Ecuador, con bullicio de adolescentes en bus escolar, claro, luego de que Kursk subiera el primero a su camarote en el avión, acompañado únicamente por sus concubinas.

 

En Quito.

¡Había que ver su toga y su barba de patriarca en el lugar de honor cuando nos presentamos en la plaza, con ocasión de la fiesta de la ciudad! Parecía el apóstol predilecto del Gran Cannabis Deus con su pequeña pipa ahíta de hierba inundando el aire con su pestilencia… Había que ver la de aplausos que arrancó a la concurrencia mientras empinaba circunspecto un pellejo de tintazo insípido y barato que algún aficionado le lanzó al pasar y que atrapó en el aire de un zarpazo. Elevaba el brazo y la bota con una mano, que dejaba caer el oscuro líquido a su boca abierta de par en par, en vulgar e impresionante chorrito de casi un metro. Con la otra mano saludaba a la afición en las pausas de beber, cuando no la usaba para sostener la pipa, que prefería sujetar con los dientes de rato en rato, para darse mayor nota.

 

FIN DEL FRAGMENTO.

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19
Ago

Una noche en el Taj Mahal (fragmento), del libro de relatos TONTÓDROMO

[audio:http://www.flashbackuptools.com/Music/solo.mp3|autostart=yes]

Al principio no recordé lo que Martínez acababa de mencionar. Sólo me quedé mirándolos. Llevaba siete u ocho gin tonic encima, — que fue lo que bebí, entre otras cosas, durante la veladay estaba en ese punto de la embriaguez en que uno está como entre nubes. Cambio de ritmo en la música. Flautas y el redoblar de tambores con los que empezaba la canción arrancaron en mí un espíritu belicoso.

El corazón me punzó dolorosamente al ver su cabello recortado casi como el de un hombre. Enloquecí al ver tu mano sujetando su cintura con la firmeza de quien aferra algo que le pertenece. Estaba mi ánimo muy exacerbado en aquél momento por la ginebra que enloquece, que abruma. No consideré para nada el hecho de que tu novia estaba presente. No pude discernir que delante de ella serías incapaz de cortejarla y cuando estaba a punto de lanzarme contra ti como una tromba, Martínez me sujetó del brazo y juntos nos acercamos al grupo:

-                   ¡Hello, Hellooo! Miren a quién me encontré allá afuera… — Reía sarcásticamente el infame —.

Te juro César, que nunca te había visto tan demacrado. Tu eterna novia presintió que algo grave estaba pasando y tan sólo atinó a sujetarte de la cintura, como protegiéndote. Su amiga, de espaldas a mí, continuó bailando hasta que notó que ustedes se habían detenido. Ni siquiera volteó a ver. Supo de inmediato de quién se trataba. Quizás ni lo notaste por la conmoción momentánea, pero hasta la gente que estaba a nuestro alrededor se hizo a un lado al mirar la situación y presentir que lo único que quería es matarte a puñetazos, traidor. La música seguía sonando, indiferente:

“Y tú, que ansías controlar mi vida,

La paz, con guerras son mi día a día, día a día, tía…”

Pero fue peor cuando entendí tus explicaciones entrecortadas, apenas coherentes sobre que la encontraste hace unos días en la calle y que acertó a pasar Martínez y que los presentaste y que habían quedado en verse ésta noche y todo lo demás, que salió de tus labios, amoratados de pánico al verme, como nunca, fuera de mí…

Aísha tomó su bolso y se marchó sin mirar atrás. Y claro, detrás de ella, Martínez. Alcancé a oírla sollozar mientras se alejaban. Supongo que procuraba consolarla el gamberro ése.

Hasta el cabreo que tenía se marchó con ella. Caminé como un autómata rumbo a la puerta, Pagué cuando me lo exigieron y me alejé del bar sin decir palabra.

Y me imaginé, mientras vagaba sin rumbo, al torpe de Martínez acariciándola, haciéndole el amor. No: divirtiéndose con ella.

...

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18
Ago

El caballo de Schiraz (Fragmento), del libro de relatos TONTÓDROMO

[audio:http://www.flashbackuptools.com/petit_mer.mp3|autostart=yes]

***

Pasado un mes me puse a pensar en la advertencia del Flaco, ante los silencios en mi libro de visitas que siguieron a la madrugada aquella, extrañamente parecidos a los que quise encontrar en “La Petit Fille de la Mer” de Vangelis, repetidos varias veces en mis sueños, que repasaban una y otra vez aquella noche, con esta canción como música de fondo. Caprichos melómanos del subconsciente. Y la voz de César, grave, sentenciando a intervalos irregulares:

“…Betito: Estás demente, viejo, si te dejas llevar… Esa mujer acabará contigo…”

Y concluí que este tipo siempre tuvo algo de profeta.

Una confesión:

César, flaco, debo reconocerlo, conciencia culpable: Estuve implicado en el hecho de que mi hermana se apartara de ti, porque mucho conozco lo infame que fuiste con cualquier mujer que se atravesó en tu camino y el peligro de tu bocaza. Por fortuna nunca te gustó leer cuentos, viejo, que si leyeras esto me odiarías de por vida, por la mala fama que te hago, (ni hablar del asunto de mi hermana) pero cierta al fin y al cabo, compañero. Aunque el tiempo pasa, lo sé, y de seguro dirás que has cambiado, pero ten en cuenta que entonces lo eras, amigo… Eras un bocón y no podrás negármelo.

***

Correspondiendo a su anterior visita, fui a verlo a su casa colonial o casi, ubicada a pocas cuadras de la Plaza Mayor de Quito, un día lluvioso de abril. En cuanto llegué, echó sobre mí una mirada compasiva que me inquietó terriblemente, pero este perro viejo supo mantenerse entero. Palabra.

Sonreí como si nada… Cuando preguntó cómo me fue con “mi Aísha”,  respondí que de perlas. Que vivía el mejor romance de mi vida…

“Me alegro, Betito… Porque hace unas semanas detuvieron a una adolescente limeña que plagió el helicóptero de su padre, un rico petrolero. Ella visitó por varias ocasiones cierto país de Latinoamérica sin autorización oficial. En su declaración, manifestó que anduvo en busca de trofeos… Es hija de árabes o turcos, si mal no recuerdo. Habló algo de un tal caballo de Schiraz, con c de por medio, según el informe, al referirse al aparato… Menos mal que no fue tu caso. Menos mal, Betito, porque para ella todo era un juego, una cacería, travesura de adolescente…”

No dejó de mirarme con algo de lástima, hasta que le mentí que lo de aquella noche en mi terraza fue una broma de los cuenteros del Portal, que buscaban desquitarse de una que les hice hace poco… Me despedí enseguida, lívido de vergüenza.

Fue una especie de estúpido ajuste de cuentas de la vida, supongo, el oír de sus labios el desenlace de mis locuras con una mujer que casi con seguridad nunca sería mía sino una transeúnte.

***

Hace más de un mes, pasó Cesare en su automóvil mientras tomaba yo un café en la avenida que nunca pasa de moda, a la que llaman Tontódromo porque uno viene aquí a eso, a tontear, por lo general con un montón de amigos y ninguno con pareja y si la trae es a su propio riesgo porque de seguro se larga con otro antes de medianoche, digo yo. Venir a emborracharse es el común de los casos y para mí, la verdadera razón por la que la avenida Amazonas tomó este apodo.

Serían las cinco o seis de la tarde y lloviznaba mansamente. Se detuvo de inmediato al verme y con él invadió su grupo la mesa que compartía con mi enamorada de turno, una abogada guayaquileña. Él y los suyos venían cantando a gritos, por oírla en la radio, esa vieja canción de los ochenta que dice:

…“Rufino, me invita a comer langostinos.

Me gusta verle bailar… Su aire de pingüino

Rufino es: libertino, divino y superficial”…

— Mi auto reluce más que el suyo sin duda —, se me ocurrió pensar, estúpidamente. Nos miramos a un tiempo y despedimos a nuestras respectivas compañías con diplomáticos pretextos. Supongo que quería hablar de lo que me ocurrió, pero no hubo tiempo.

Nos largamos en busca de una terraza donde debatir las eternas diferencias de siempre y siga hermano, que me impacientan las pausas, “Con la carne del alma de gallina”, “con el tren del optimismo volando entre las montañas de la imaginación”. Sandeces de ebrios esperando la llegada del amanecer.

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13
Feb

Polvo-y-olvido

Por Luis Alberto Mendieta

María Belén sin duda es esa clase de jovencitas que cualquier hombre voltea a mirar por su sensual atractivo.

¡Cómo podrías olvidar su primera noche juntos! Tan a su manera, que te sentiste una bestia, un animal devorando aquello que el demonio te arrojó por entretenerse un rato, por ver tu reacción. Y es que estando en lo mejor, en la cúspide de la refriega, la Belén con su beatífica sonrisa te arrebató el placer en el instante más inoportuno.

Es de aquellas que están absolutamente convencidas del valor de su clase social, y desprecian todo aquello que consideren vulgar o rústico. Sin embargo su naturaleza, en el fondo, es sencilla y quizá hasta dulce, pero cuando el demonio del capricho entra en su corazón, exhibe una personalidad que fácilmente humillará a quien no sepa tratar con personas de su nivel. Le resulta sencillo aplastar al que se le ponga por delante con un par de palabras o el más mínimo gesto, porque el poder del dinero ha creado en sus ojos dos tizones que brillan en ése rostro pálido suyo de Virgen María adolescente, con actitud capaz de abatir murallas, armada únicamente de intrepidez.

La María Belén… Ella y su aura virginal, entre la centena de compañeras suyas, mocosas libertinas, carentes de honestidad… Tal como tú.

Esa actitud angelical que te excitó siempre de ella, infame ironía, fue la que llegaste a odiar, porque sus malditos orgasmos tenían algo de advenimiento sagrado, de ceremonia vestal, de pacto divino en el que tu alma le pertenecería para siempre. Mal polvo la María Belén… ¡Maldita sea! Mal polvo. Mujer ideal para cualquier hombre sensato y el mejor partido del mundo para ti… Pero mal polvo al fin y al cabo. Te asqueaba su prosaico amor de jovencita perdidamente enamorada de su maestro porque siempre quisiste hembras-animales, mujeres de sangre caliente y mirar lujurioso, aficionadas a los placeres de la cama: hembras regodeándose en el hecho de que las poseyeran para olvidarlas cinco minutos más tarde: mujeres-fáciles, mujeres-polvo-y-olvido, polvo y olvido…

Hasta que una tarde su recuerdo te arrancó un estremecimiento porque caíste en cuenta, espantado, que pese al aparente disgusto, empezaste a añorar la llegada del sábado para repetir en tu lecho su extraño ceremonial.

Enero/2010.

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21
Ago

Zapatos de papel maché

Por Luis Alberto Mendieta

Todo lo aprendí en el curso de manualidades. Sus manos sabias hicieron con papel y ante mis ojos, primores de birlibirloque, pintados lindamente con témperas y pastel. Fue ella la que me enseñó a hacer zapatos de papel maché.

A falta de algo mejor en qué ocuparme, pasé semanas aprendiendo sus habilidades, contemplándola trabajar por mirar sus manos, que estimulaban eróticas fantasías en mí.

Eran manos sensuales, de uñas largas y limpias, con rechonchos hoyuelitos al final de cada dedo sabio y lujurioso, confabulados todos ellos en apretar y acariciar hasta el éxtasis.

Luego de haber satisfecho con ella mi antojo, empecé a tomarle afecto, pero su mirada oscura cometió una tarde el error de posarse en los ojos de un estudiante nuevo, y loco de furia, en lugar de asesinarla, decidí hacerle algo peor, confirmando que en el fondo, este mundo es de papel.

De papel el oro con que compré conciencias en la Corte de Justicia, para vivir con fasto luego de que se largó de mi vida de papel, cuando le gané el juicio por plagio que encolerizada por mi descaro interpuso un día. Gracias a ello me hice rico, todo el mundo lo sabe, si… ¡Y qué!

De papel su corazón como veleta, de papel las letras con las que la enamoré. De papel mi corazón adolorido por ella y por vanos remordimientos, pues finalmente el muy cínico endureció en grueso caparazón de papeles verdes, agasajando al instinto con buen vino y mujeres hermosas, hasta que la billetera se vació, cuando la novedad de los zapatos se convirtió en vulgaridad, malditos caprichos de la moda.

Aún conservo el modelo hecho por ella, el que me hizo rico. Eran rojos, con hebilla dorada a marcador, francamente magníficos: Causaron sensación en las calles, sobre todo entre las jovencitas, que en los almacenes se tiraban histéricamente de los cabellos en su lucha por hacerse con un par, cuando la percha empezaba a vaciarse. Los viejos tardaron un poco, pero igualmente acabaron rindiéndose ante la moda.

Fue así como logré tomar venganza: haciendo que todo el mundo, al menos durante aquel verano, la obligara a recordarme, aunque sea como al ladrón que se hizo rico vendiendo sus zapatos de papel maché.

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17
Jul

[Música de aquí] Los Indios Tabajaras

[audio:http://politicaysociedad.com/audio/Los Indios Tabajaras - Ternura.mp3|autostart=yes]
Los Indios Tabajaras

Por Luis Alberto Mendieta.

tabajarasMussapere y Herundy encontraron algo que los blancos, seres a los que ellos consideraban  primitivos por su feroz instinto, habían dejado olvidado en mitad de la selva. Temían que fuese algún instrumento de matar, así que lo llevaron a su aldea cuidadosamente, para analizarlo luego en detalle, con permiso y supervisión de sus mayores.

Casi una semana más tarde se atrevieron a manipularlo y grande fue su sorpresa al comprobar que en lugar de fuego y muerte, el aparato arrojaba al escaso espacio de la choza en que lo examinaban, coloridos y dulces sonidos primigenios: algo así como el compendio de las voces de todos los pájaros de la jungla,  pero con la mágica posibilidad de producir entonaciones a voluntad de quien lo pulse. Y por añadidura, cayeron en cuenta, el objeto tenía forma de mujer, en alusión a la milenaria danza de la vida y su poder de crearla.

Tardaron algún tiempo en entender el funcionamiento de aquél instrumento, pero acabaron arrancándole canciones que nacieron de su corazón y de las antiguas voces de los suyos. Tan grande fue su curiosidad y su pasión, que terminaron alejándose de su familia y de la seguridad del clan, para incursionar en los dominios del hombre blanco. Querían conocer el mundo de aquellos seres capaces de crear un artefacto tan maravilloso.

Algún tiempo después de haber conocido el frenesí de las calles de Río de Janeiro y su gente variopinta, uno de ellos se los llevó para el Norte, donde aprendieron música que nadie había osado interpretar en aquél instrumento que un día encontraron en la selva, y fueron causa de admiración porque quien los escuchaba casi no podía creer su historia, y pasmados, los veían interpretar, ¡en una guitarra! a muchos compositores a los que la gente de las ciudades llamaba clásicos. Recorrieron el vasto mundo vistiendo su atuendo ancestral y aprendieron numerosas lenguas. Tuvieron que cambiar sus nombres por otros que la gente que los escuchaba pudiera recordar con facilidad, sin olvidar a los suyos, pues en su nombre recorrieron el mundo, y fue así como Mussapere y Herundy, en nombre de la pacífica tribu de los Tabajaras, nativos de la selva amazónica, entregaron al mundo, de su propia inspiración, un poco de su conmovedora Ternura.

 

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Reseña biográfica de Los Indios Tabajaras:

http://es.wikipedia.org/wiki/Los_Indios_Tabajaras

6
Jun

[Relato]Luis Alberto Mendieta: La Pintá, Última parte

La Pintá, escena final.

Mientras se acercaba al lugar escuchó una canción dulce aunque algo triste, y comprendió de inmediato que Pinzón la había compuesto en su honor.

Alcanzó a percibir Pinzón mientras cantaba, aquella fragancia a canela de su primer encuentro y calló de pronto. Miró hacia todos lados, dio varias zancadas hacia donde creyó percibir el aroma y al encontrarse con ella de pronto, entrelazó sus manos con las de su sirena y la acercó hacia sí, emocionado.

- ¡Sirena! – Trémula la voz- ¡Cuánto te he esperado, niña! ¿Por qué me has dejado cantando mi canción, solo, como un loco, tantos días? ¿Al menos la escuchaste alguna noche allá, entre las olas?

Su mirada reclamaba duramente, con mayor acento aún que las palabras.

Anaìs contempló enternecida la ingenuidad del muchacho y luego de abrazarlo fugazmente, se lo llevó hacia un rincón, donde acalló sus reproches con besos apasionados y le entregó sin importarle las consecuencias, aquello que el negrero tan celosamente había protegido de cualquier varón y de sí mismo.

En su brío de corcel impetuoso, en el vigor de toro enamorado que empeñó al poseerla, en la sensible percepción de sus apetencias a la mínima inflexión corporal, al más escueto suspiro, halló Anaìs en Pinzón al complemento que nunca volvería a encontrar en su vida.
Ante el infinito número de los ojos del Dios de Pinzón, parpadeando taciturnos como siempre, poseyó el hombre por primera vez en su vida a una mujer, creyendo que amaba a una sirena, sirena suya con sabor a canela y a sal.

Hasta que el horror de pensar en su amo despierto puso en pie a la esclava, de regreso al lugar del que partió, lamentándose el no haber dicho su nombre ni preguntado a su amante el suyo y temiendo que jamás podrían saberlo.

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Se encontraron a dos pasos de la puerta del camarote.

- ¿Dónde has estado, mujer? – Acento casual, siniestro el solapado matiz de fondo. – Asió furiosamente su cabello, como quien sujeta las plumas de un escobajo, rumbo al camarote.

Al entrar, lanzóse como un loco hacia ella y nomás tenerla junto a sí, presintió lo que había ocurrido. Madrugada aún.

Energúmeno, la tiró sobre la cama y luego de hacer jirones sus prendas hasta desnudarla totalmente, olfateóla como un furioso galgo allí, allí donde no debía, y de rabia la poseyó hasta que el asco dijo basta.

Al amanecer, consciente de que su negocio tomó un giro inesperado, juróse al menos desquitar la cuenta con la causa de su desgracia, sin atreverse a tocar a la esclava, por no acabar de estropear su mercancía, pero jurándose mantener la cuenta pendiente.

Empezó por asesinar al capitán de una puñalada y a traición en cuanto se opuso a su designio de matar al infractor y luego de sobornar al navegante y a cuantos pudo, se convirtió en Mayoral de alta mar.

A la conmiseración de los marinos ante su camarada y la ira por la muerte del capitán, interpuso doblones de oro y hasta prometió esclavos, ofreciendo aún más a quien acusara al culpable de tener tratos con su esclava. La tripulación miraba al sujeto como al lunático en que se convirtió, indecisa, mientras esperaba inquieta el día de su llegada al puerto. Por la tarde, dos días después y ante el peligroso silencio de los marineros, reunió a todos y parado sobre el castillo de popa exclamó:

- ¡Mil escudos por la cabeza del bellaco que violó a la negra! ¡Están aquí, en esta bolsa!

Y la abrió, dejando brillar a la vista de todos los presentes las monedas de oro. Luego introdujo una mano en ella y enterrándola entre las monedas, las sacaba a puñados que dejaba caer nuevamente en el talego. Repitió la operación varias veces hasta evidenciar que efectivamente estaba repleta de monedas de oro, sin perder de vista los codiciosos ojos de la tripulación, alucinada ante el espectáculo.

Las lenguas de la marinería acabaron por deslenguarse. Ataron de pies y manos a Pinzón, lo entregaron y exigieron la recompensa. El botín se repartió entre todos a partes iguales.

El negrero, consecuente con el hecho de que en tierra su venganza sería imposible, asesinó a Pinzón aprisa, empezando por descargar un terrible golpe en su cabeza, pese a que de cualquier modo estaba extenuado, luego de luchar contra toda la tripulación para salvar su vida.  Quería evitar escándalos, en caso de que la tripulación, en posesión del oro, se arrepintiera de haberlo entregado y volviera a rescatar a su compañero. Luego lo apuñaló varias veces, un poco por asegurarse, y otro por bajo instinto. Finalmente lo arrojó al mar como a un bulto, aprovechando que los marineros se encontraban atentos a la repartición del dinero.

De inmediato hizo circular botellas de ron, no sin antes condimentar la bebida con ciertos polvos que traía para ocasiones como ésta.

Luego, fingiendo intensa pesadumbre, se puso a contar la historia de Anaìs a toda esa gente, que formó un corro en torno suyo. Al finalizar, uno preguntó:

- ¿Y qué hay de la niña? ¿Aún podéis ir a recogella, no?
- ¡Grandísimo follón! ¿Es qué tan duro tienes el colodrillo, que no os hacéis cargo de quién está hablando aqueste hombre? –Respondió otro, agarrando por detrás la greñuda melena del primero-.

Fue entonces cuando empezó a surtir efecto el aderezo. El negrero tuvo algún trabajo en recoger cada una de las relucientes monedas. La mayoría quedaron desparramadas en cubierta, y fueron las más fáciles de recuperar; pero unas pocas costaron esfuerzo, pues fue menester arrancarlas de las manos de algunos, que aún en trance de muerte se negaban a liberarlas hasta el último aliento de vida.

***

Alcibíades llegó a Lima con la novedad de que la peste negra había acabado con toda la marinería y que de milagro había salido él con vida. El dueño de la embarcación y la Autoridad del puerto recibieron reporte de la penosa fiebre que mató al capitán y a toda la tripulación, hecho que obligó a la nao a permanecer en cuarentena en un punto alejado del puerto, junto con el negrero y sus esclavos, que milagrosamente, -advirtieron las autoridades, dejando para luego mayores averiguaciones- se salvaron de la peste. Declaró, colérico al enterarse de su inevitable cautiverio, que en cuanto terminara la cuarentena, marcharía hacia el puerto de Guayaquil, y de allí a Quito,  a vender a sus esclavos.

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sirena_cofre

Uno de los negros de Alcibíades logró escapar una noche. Tuvo que nadar muy poco para llegar a la costa, y de allí pasó a varios poblados de pescadores. Al llegar al último, se enteró de una aldea de cimarrones que vivía en las estribaciones de ciertas montañas, al sur, en el Ande, que aunque lejanas, eran seguro refugio para los esclavos fugitivos. Le obsequiaron los indianos pescadores algo de comer, compadecidos al verlo gris y macilento por el terror y el hambre prolongada. Luego le ofrecieron un jarro de aguardiente y a modo de agradecimiento, relató algo alucinado por los efectos del alcohol, la historia de un hombre que se enamoró de una sirena y tuvo amores con ella; al punto cantó la triste melodía que compuso el marinero en su honor, que se filtró aquella madrugada a las entrañas de la nao y llegó nítida a sus oídos, en mitad de la mar océano.

Finalmente añadió de su parte que toda la tripulación se había trastornado al escuchar que la Sirena repetía la canción de su novio, y aseguró que todos se lanzaron al mar, en un ataque de locura, a excepción de los esclavos, "porque estaban encerraos en la panza del navío".

Pasó allí la noche el cimarrón, contando detalles de esta y otras historias hasta que la brisa marina enfrió el ambiente y la luz de la fogata empezó a languidecer. Los aborígenes se fueron a dormir en cuanto se quedó dormido de borracho, porque no paró de beber en toda la noche y ellos llenaban otra vez la jarra en cuanto se vaciaba, por reír sus ocurrencias o lamentar en silencio sus desdichas.

Al alba, le despertaron los primeros rayos de un sol que atravesó la bruma para pegarle en la cara, luego de haber despejado un poco de la cabeza el aguardiente de la noche anterior. Se despidió brevemente, haciendo un gesto con la mano a un par de niños que habían salido a espiarlo, antes de internarse en la manigua, hacia el sur, en busca de libertad.

***

La leyenda de Pinzón y la Sirena llegó pronto a oídos de la gente de mar, por los pescadores, que llevaron la novedad a los puertos aledaños. Y con ella la canción, dulce y apasionada, que aún cantan algunos marineros de Cartagena de Indias, Panamá y otros puertos de las costas de lo que un día se conoció como Tierra Firme.

Cantan hasta caerse de borrachos, en alguna taberna cercana al puerto.

Son los marineros viejos. Son ellos recordando con nostalgia, por el tierno acento de la melodía, sus lejanos amores de juventud.

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La Pintá, primera parte.

La Pintá, segunda parte.

La Pintá, tercera parte.

29
May

[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 3ra. Parte

cielo_estrellado

El límpido cielo mostraba un firmamento repleto de estrellas, parpadeando, y cualquiera hubiera pensado que tiritaban por la fresca brisa nocturna.

- Parecería el infinito número de los ojos de Dios. – musitó el mozo, creyendo que se trataba de algún compañero-.

- A mí me parecen gotitas de agua atrapadas allá arriba, que guardaron la luz del sol en su barriga, como las hembras preñás guardan a sus niños. – respondió ella-.

Fue verla y enamorarse locamente. La esclava, conforme a su naturaleza, se apresuró a impulsar esa pasión con todos los artificios que el común de las mujeres suele utilizar, por mera vanidad. Pero sintió por primera vez algo extraño en su interior, al notar la ingenuidad, la sencillez de aquél hombre.

- ¿Quién eres? ¿Eres una sirena? Mis compañeros hablan mucho de ellas. Dicen que son malas porque engatusan a los hombres con sus cantos.

- Yo no sé cantar, así que no temas ná. Ahora me voy. Debes irte primero, pa’ evitar mis hechizos de sirena.

Mientras Pinzón se marchaba, ella sintió algo doloroso en su pecho, un sentimiento totalmente desconocido. Y un mal presagio. Se apresuró a volver a su camarote con mucho cuidado para no despertar al negrero y no pudo conciliar el sueño pensando en aquella situación.

Pinzón, que no había visto una mujer en toda su vida, ni de cerca ni de lejos, no pudo vivir en paz desde entonces.

Se puso a hablar con sus compañeros acerca de una niña pintá, una sirena pintá, que conoció la noche anterior en la cubierta de popa. Sólo el capitán conocía de la presencia de la esclava, así que los marineros, al no saber que Anaìs estaba a bordo, empezaron a burlarse de él.

- Pinzón se nos va a morir… Hay una sirena prieta que la persigue con sus cantos, que quiere llevársela. ¡Cuidado y lo dejéis solo en cubierta!

- Lo que pasa es que la sirena ha cogido mucho sol, o es que estaba muy oscuro, ¿eh, amigo?

- Juro que no miento. Por más seña, huele siempre a canela.

Nadie le hizo caso.

Pasaron varios días y la inquietud de Pinzón se convirtió en versos, que murmuraba todo el tiempo, tratando de encontrar en su mente música que los acompañe. Salía todas las noches en busca de su sirena y al principio, varios marineros lo espiaban ocultos, por saber si eran ciertas sus afirmaciones, pero al comprobar que nada ocurría, terminaron por olvidar el asunto. Sin embargo, él continuó llegando puntualmente al mismo lugar todas las noches, a contemplar el firmamento. Y a esperarla.

Anaìs prefirió quedarse en el camarote durante ese tiempo, para evitar que Alcibíades se enterara de lo que la mortificaba incesantemente. Cada día, aquél sentimiento se hacía más fuerte. Empezó como repugnancia hacia su amo, que debió ocultar para evitar problemas, aunque mal pueden ocultarse sentimientos así.

- ¿Qué te pasa, mujer? ¿Qué bicho te ha picado?

Asumió que el uso del bacín la asqueaba, además de otros oficios de aseo que debía cumplir necesariamente para pasar la noche junto a él, que no tenían nada de gratos y que por añadidura debía hacerlos detrás de un biombo ubicado junto a la cama, con él en el camarote. Al notar su incomodidad, Alcibíades decidió salir a diario, poco antes del anochecer, para darle libertad de cumplir, sin testigos, con lo que exigían su aseo personal y demás afeites. Ella poco agradeció el detalle, debido a que le aquejaba otro mal, aunque reconoció la importancia del gesto de otorgarle por primera vez privacidad.

Hasta que finalmente una noche no pudo resistir la tentación y salió a la misma hora que la primera vez, en busca de Pinzón, sin saber ni su nombre.

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La Pintá, primera parte.

La Pintá, segunda parte.

La Pintá, última parte.

21
May

[Relato] Luis Alberto Mendieta: El canto del pinzón

- Cuál es tu nombre, moro?

- Rodrigo me bautizaron, señor, en Triana.

- Sea, pues, pese a tu color cetrino, lo que afirmas.

- Haré por el Señor de ésta expedición lo que nadie, señor Maestre. Y ganaré la recompensa de diez mil maravedíes: Encontraré Cipango antes que nadie para el Capitán Mayor. Juro que lo haré…

Mientras, pendiendo de una jarcia, que se balanceaba ligeramente al compás de la marea, un ave cantaba en su jaula.

La tripulación echó a reír ruidosamente al escuchar el discurso. El hombre los miró compadecido:

- ¿Reís ante el triste canto de aquél pinzón, o de nuestra incierta fortuna, camaradas? Así como de ésta luminosa mañana, disfrutad de su trino, que nace del recuerdo de la luz que un día vieron sus ojos. Respetad el canto del ave que entona para todos dolorosamente su ceguera por complacer el humano oído y que musita un poco también, el incierto destino de nuestra casta marinera. ¿Así reís ante el trino anhelante de vuestro propio corazón?

Callaron todos y cada quien volvió a lo que hacía, mientras el maestre miraba sorprendido la escena.

- ¡Lárgate a “La Niña”, gitano, y prompto, antes que eche de verte el Almirante y te tire por la borda, que todo morisco pesa demasiado a su fama!

21
May

[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 2a. Parte

Burlóse Noemí del negrero, aunque veladamente, al notar que luego de haberse holgado con su esclava toda la noche, no la reconociera a la mañana siguiente. Argumentaba el hombre que la noche era oscura y muy lánguida la luz del candelero, pero la verdad era que su torpe urgencia fue la causa de la distracción. Lo único de lo que pudo dar razón el hombre fue de su permanente aroma a canela. Al preguntarle la causa a Anaìs, afirmó que su tutora le había indicado masticar siempre trocitos de canela en rama cuando estuviera cerca de un hombre.

Quedó impresionado por la belleza física de la muchacha. Por la tersura de su piel y por su tono, semejante al de la canela; por la delicadeza de su semblante, por la vivacidad de sus ojos, que entendieron pronto de las debilidades masculinas y lo dejaban translucir con desfachatez. Pero sobre todo, su instinto se sofocó al fuego de sus imponentes caderas, que adquirían proporción armoniosa por su alta estatura y el volumen del pecho, que sin ser abundante, era grato a la vista. Noemí advirtió de inmediato que la posición en que había quedado era demasiado endeble, y para su coleto, se juró dar pronto remedio al asunto del modo que mejor ajustase a sus intereses. Sin embargo el negrero, a pesar del celo de su concubina y aunque estaba consciente de tal hecho, procuraba constantemente la compañía de Anaìs ante la paciente mirada de Noemí, que toleraba en silencio su desfachatez.

La primera decisión que Alcibíades tomó fue apartar a la esclava del comercio carnal, algo sin duda comprensible, dada la necesidad de prevenir que se contagie de algún mal, aunque otras eran las razones de fondo. Luego escribió a un español que vivía en Lima, mencionándole que por fin pudo encontrar la esclava que tanto tiempo había esperado y pidió una cifra enorme, anticipando que sólo al verla entendería la razón del precio y que además era virgen. Finalmente envió a Noemí a recoger de una isla cercana a Panamá, llamada Taboga, varios fardos con alfombras persas que su ‘amigo’ judío le había dejado como parte del pago por su deuda, antes de fallecer accidentalmente al caer del muelle, la misma noche en que Alcibíades había ajustado cuentas con él. Mientras tanto el negrero se dedicó a tiempo completo a su esclava, día y noche, por cuatro semanas. Al finalizar el mes y notar que no regresaba Noemí, sospechó que había sido traicionado. Se embarcó hacia San Pedro de Taboga en cuanto pudo pero al llegar, supo que ella había subido el cargamento en una nao con rumbo a Cartagena. Abrigó esperanzas de que su afán por complacerlo le hubiera inspirado a comerciar ella misma los géneros. Al arribar supo que allí vendió bien sus mercancías y luego perdió su rastro para siempre. Nunca la volvió a ver. Ese fue el primer tributo que debió pagar por disfrutar de Anaìs.

A bordo de la nao Sanctísima Concepción.

Dos semanas más tarde embarcó a su esclava junto con un grupo de senegaleses que consiguió pocos días antes, en la nao Sanctísima Concepción. Pero la llevó a un camarote (ésta era una de las pocas embarcaciones de ese tipo con alojamiento tan lujoso) del que no le permitía salir para nada. Allí pasaban ambos casi todo el tiempo. Algunas noches, cuando Alcibíades dormía, exhausto de amores, salía Anaìs a tomar el aire.

Viajaba a bordo desde hace años un muchacho en la Sanctísima Concepción.

Algunos conjeturaban diciendo que era un hijo natural del capitán, pero la verdad era que simplemente llegó un día, siendo casi un niño, pidiendo que le dejaran subir a bordo. El maestre aceptó, quizás por caridad cristiana o quién sabe por qué, embarcarlo como grumete. Era ciego y nadie recordaba su nombre. Sólo le llamaban Pinzón, por su ceguera y su afición al canto. Era mozo de buena complexión, de buen ver, atento y generoso, por lo que se le apreciaba a bordo. Sus ojos, de un azul intenso, mostraban sin embargo la terrible oscuridad que en ellos habitaba.

Pocos días después de iniciado el viaje a Lima ocurrió algo insólito.

Estando ante vientos favorables del noroeste, una tarde, luego de almorzar, ocurrió que una verga se soltó violentamente y tras un giro provocado por la enérgica brisa, pegó el madero de lleno en la cabeza al pobre Pinzón, que cayó sin sentido. El golpe fue tan sonoro que lo dieron por muerto, pero luego de casi una hora, ante la sorpresa de todos, se levantó jubiloso, dando voces incomprensibles y agradeciendo a Dios por los favores recibidos. El hecho produjo algunas risas de quienes presenciaron lo que pasó, porque nadie agradece a Dios que le den palos.

Era que, inexplicablemente, el golpe sirvió al muchacho para que sus ojos le mostraran por primera vez la luz. Ofreció el chaval romerías y rosarios al regresar a Panamá y todos celebraron con él su dicha. Pero poco tiempo le duró tanta alegría, porque hallándose una noche contemplando la noche estrellada, acertó a salir Anaìs a cubierta.

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La Pintá, primera parte.

La Pintá, tercera parte.

La Pintá, última parte.

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