21
Dic

La novena de la beata Eduviges

Por Luis Alberto Mendieta

 

Tendría ocho años de edad, a lo sumo nueve, y vivía con mi familia en “El Dorado”, barrio alegre, apacible, a pocas cuadras de la quiteñísima Alameda. La época de navidad había empezado y en todas partes podían oírse  los villancicos de aquella época: “Dulce Jesús mío”, “Campana sobre campana”, “Claveles y rosas”, junto al olor del incienso flotando por todas partes.

Mi madre solía hacer un pesebre muy sencillo, que ocupaba un rincón del saloncito de visitas, al pie del árbol de navidad, con un niño Jesús casi microscópico, y, niños al fin,  con más entusiasmo por la novedad que fe cristiana, solíamos entonar emocionados las canciones navideñas, en espera de la Nochebuena.

Pero ese año fue distinto, porque no hubo pesebre debido a que mis padres atravesaban problemas entre sí, de modo que en cuanto la beata del barrio llamó  para invitarnos a su novena, mamá aceptó encantada. Golpeó la puerta al poco rato y salimos a atender. Curioso como era,  la acompañé para enterarme de los detalles.

La vieja era de regular estatura, enjuta. Tenía un mirar afilado y en la cara una mueca de permanente cabreo. Al notar que la miraba con atención, intentó sonreír, pero solo consiguió una expresión taimada, que me intimidó aún más  que la anterior: sabía perfectamente lo que estaba pensando sobre ella con tan solo mirarme al rostro.

“Hola mi amor” –graznó, tratando de sonar tierna y alegre, sin éxito- “Vendrán nomás a la novena, van a estar todos los guaguas[1] del barrio, a diario voy a regalarles confites, toctes[2] y sorpresas. Traerás a tus ñaños[3]”.

Toctes limpios

Miraba con desconfianza, como tratando de adivinar mis impulsos naturales. Unió al pensamiento la palabra:

“¿Pero no son muy traviesos, no?”

Mamá acarició mis cabellos. “Son unos chicos muy buenos, señorita  Eduviges”, dijo, aunque algo en su tono de voz no sonó muy convincente. La vieja puso cara de arrepentimiento, pero ya era tarde para eso. Se despidió y quedaron en que mamá nos enviaría a las siete de la noche en punto.

Por esa época vino a visitarnos una tía, Dolores, a la que llamábamos, como era de esperarse, Lolita, o Lola a secas, de apenas quince años. Tenía ella la sonrisa fácil, y la palabra burla en la punta de la lengua, pero era de utilidad en la casa, cuando se animaba a ayudar, como toda adolescente. Mi madre le rogó que nos acompañara a la novena, preocupada por cualquier estropicio que pudiéramos provocar en casa de la solterona.

Lola se negó al principio, alegando que esas reuniones eran aburridísimas, pero se dejó convencer finalmente, y así, el grupo familiar que iría a la novena quedó conformado por Lola, mis dos hermanos y quien relata esta anécdota. Pablo y Javier, mis hermanos, eran pequeños y bastó mencionarles que habría caramelos para que contasen las horas que faltaban para ir a la novena.

La primera noche, debo reconocerlo, fue realmente graciosa. La mujer, entusiasmada, esperaba a los pequeños visitantes en la puerta de su casa, y a cada recién llegado entregaba un puñado de caramelos, un tocte, y la promesa de algún juguetillo el 24 de diciembre, último día de la novena.

La sorpresa inicial fue encontrarme con un pesebre enorme, que ocupaba el centro de una habitación bastante grande, sobre un pedestal de, digamos, un metro de altura. Allí había recreado la señorita Eduviges –ahora se me ocurre-, una especie de Gólgota de musgo con un pesebre en la punta, un senderito muy bien trazado y sinuoso, y una verdadera  multitud de santos, santas y abundoso ganado de todo pelaje. Por supuesto, el niño Jesús era casi de tamaño natural, y contrastaba bastante con la estatura de sus padres, excesivamente pequeña en relación con la de su hijo. Aún así, el San José de este pesebre era un verdadero coloso comparado con el de mi casa.

Había no menos de treinta almas allí, entre niños, niñas y varios mozalbetes, todos bien peinados y limpios. Pude ver también a un manojo de viejas, que por supuesto se colocaron junto a la anfitriona. La ceremonia dio inicio en cuanto la señorita Eduviges pidió silencio.

Al contrario de lo que podía esperarse, la diversión empezó allí.

Tenía la mujer un acento tan ridículo al rezar, dando voces y acompañando fervorosamente sus rezos con golpes de pecho, que opacaba los aspavientos del resto de ancianas, que por cierto tenían voz clara y buen pulmón, de tal modo que aquello se convirtió en una entusiasta barahúnda, coreada por las voces de unos pocos muchachos, a los que sin duda les gustó el rito o ya estaban acostumbrados a él por haber venido el año anterior, pero la mayoría guardábamos mortal silencio, sorprendidos por la inusual escena.

Yo, callado, miraba de rato en rato a mi tía, y cuando nuestras  miradas se cruzaban, se dibujaba en su rostro un amago de carcajada, que en esas circunstancias hubiera tenido consecuencias lamentables. Consciente de ello, ocultó los labios con las manos juntas para disimular la risa, en actitud de orar, y evitando mi mirada.

Luego vinieron los villancicos.

La señorita Eduviges empezó cantando “Dulce Jesús mío”, con su inconfundible acento, pero  logramos llegar sin novedad hasta el final, y en cuanto estuvimos en casa, Lola contó a mi madre lo que acababa de suceder. Luego de reír con nosotros el asunto, se puso muy seria y nos hizo prometer que mantendríamos la compostura en casa de la vieja beata[4].

A la noche siguiente no hubo ni dulces ni toctes, asunto que para nuestra  condición de niños fue imperdonable, y noté un brillo de acritud en la mirada de mi tía por la misma causa.

Ocurrió lo mismo al tercer día, y al cuarto.

La vieja estaba consciente de que nos había engañado, pero fingía descuido u olvido. Siempre fui sedicioso, así que al entrar busqué a la mujer, que por cierto se hacía a un lado, evitaba el mirarme, adivinaba mis intenciones.

Me le planté delante y sugerí que “se olvidó de entregarnos nuestros caramelos y lo demás”. La vieja respondió en voz alta, como para que oyesen todos, que “el niño Dios castiga a los que vienen a la novena solo por interés”, y como al parecer sintió que la arenga quedó muy tibia, añadió en tono amenazante y mirada asesina: “¡la codicia atraerá el juicio del señor tu Dios y serás maldito, como Ananías!”.  Algo así. Luego ordenó que nos sentáramos para empezar la novena.

Supongo que estaba muy feliz porque al maldecirme, aterró a todos los demás, evitando así que cualquiera vuelva a pedir golosinas, ahorrándole el dinero que debía invertir en dulces, al menos hasta el fin de la novena. Además todos me miraban como si al salir de allí, el diablo estaría esperando para ajustarme cuentas.

Quizás fue la diatriba, o simplemente estaba contenta con el curso de la novena. Sea lo que fuere, la señorita Eduviges estaba eufórica y locuaz. La respuesta de la mujer me dejó bastante mortificado, así que rumié despecho durante toda la velada, buscando el momento de la venganza.

Supongo que para darnos una sorpresa, la señorita Eduviges desempolvó esa noche de sus recuerdos una antigua tonadilla que iba más o menos así:

Venid y vamos todos

con flores a María,

con flores a porfía,

que madre nuestra es.

De nuevo aquí nos tienes,

purísima doncella,

más que la luna bella,

postrados a tus pies.

El estilo chillón era similar al “Dulce Jesús mío” de la primera noche, y la tonada igualmente alegre, pero el timbre más ensordecedor, gangoso, y en esta melodía decidió rematarlo con un alarido ridículo en la palabra “porfía”, asentando la fuerza del fervoroso grito en la letra a, de modo que sonaba “porfíaaaaaaaaa” en un tono tan agudo que lastimaba los tímpanos.

El silencio sepulcral que se creó en torno a nosotros me hizo voltear a ver primero a mi tía, y luego a todos los demás. Lola apenas pudo mirarme, y se cubrió los ojos rápidamente para evitar la tentación que le ofrecían los míos. Mis hermanitos se cubrieron de igual modo el rostro  en cuanto les eché un vistazo, y a medida que buscaba la mirada de los más cercanos encontré la misma actitud. El resto de viejas bajó el tono al notar el exceso de su compañera, pero algo de risueño había en su expresión.

La situación se puso peor en cuanto repitió la estrofa, porque empecé a inquietarme visiblemente y todos estaban pendientes de mi actitud, o al menos eso era lo que yo sentía.

La risa contenida  podía verse en cada uno, y varios se agacharon para disimularla, pero la rebeldía, mezclada con la ridícula situación pudo más en mí, y volví con malicia la mirada hacia Lola, que en esta ocasión no pudo soportar y juntos soltamos una estruendosa carcajada en el instante en que la vieja pegó el alarido al llegar a su “porfía”.

Todos los asistentes, incluidas las beatas que acompañaban a la señorita Eduviges, corearon la risotada. Reí tanto, que casi ni sentí cuando Lola me arrastró hasta la puerta. Noté que los demás iban calmándose, pero a mí me agarró un ataque de risa imparable.

Desde la puerta, mientras salía, la señorita Eduviges me trató de hijo del diablo, hijo de Caín y otras maldiciones bíblicas que ya no recuerdo, pero yo seguí riéndome de ella hasta que entré a mi casa. La azotaina por culpa de ese episodio también fue inolvidable…

No volví a ver a la señorita Eduviges… Supongo que estará a la diestra de Dios Padre, o en el sitio designado allá arriba para las beatas, pero eso sí: estoy totalmente convencido de que la buena mujer no pertenece al coro de ángeles del Reino Celestial.

Quito, Diciembre 21, 2010

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[1] Guagua significa niño en lengua vernácula ecuatoriana.

 

[2] Para quienes no lo sepan, tocte es una especie de nuez silvestre que crece en grandes árboles en la serranía ecuatoriana, de cáscara muy dura, y sabor similar al de la nuez común. Lo interesante del tocte era que servía de entretenimiento infantil, pues no es fácil partirla, y los niños se reunían para cascarlas, ayudados por piedras, para luego pelear por los fragmentos (que volaban en todas las direcciones), y lamentar algún dedo machacado. Por alguna razón, esto era divertido para los niños de entonces.

[3] Ñaños significa hermanos.

[4] Para quienes lo ignoren, suele llamarse “beatas”, a las mujeres (de edad madura) que asisten a diario a la iglesia, para escuchar los servicios religiosos, rezar por su cuenta, compartir chismes de barrio con sus cofrades e intervenir de todos los modos posibles en los asuntos de Dios atinentes a la parroquia y al cura. Una característica de estas señoras es que en misa están siempre en primera fila, y elevan desmesuradamente su voz para que todo el mundo conozca de su inmensa fe cristiana. Su tono suele ser chillón, plañidero, y delata su verdadera personalidad. Aunque actualmente es muy difícil encontrarlas, antes vestían siempre de negro, y se cubrían con un chal de randa, si podían  costeárselo, o simplemente una chalina de lana. Coleccionaban efigies de vírgenes y santos. Fueron producto de una sociedad mojigata y oscurantista en América y Europa.

8
Dic

Autopista

Sus expresivos ojos castaños observaron tibiamente al interlocutor. El hombre, aunque bastante mayor que ella, poca experiencia tenía en el trance éste de enrolar gente nueva al proyecto que para él fue luego el más elaborado y dispendioso de sus fallidos experimentos comerciales. Encontró en el jaspe esmeralda de sus pupilas, y en la sinuosidad de su figura, una prueba más contra su inútil – o más bien mojigata - lucha por vencer al lobo que, moral refundida en bolsillo roto, obsequiaba sonrisas y miradas tendenciosas a las preferidas, desechando al resto con el trato cortés que cualquier mujer entiende sin palabras.

Luego se aficionó de su cabello, cobrizo como su piel. Para entonces ya eran novios. Él cataba su perfume como quien huele una flor, y detenía totalmente su vida para contemplarla, mirar su sonrisa y hacerle el amor con la pasión y la energía del primerizo, que al fin lo era.

Días y noches interminables comiendo del mismo pan, sin mayor mediación que la última fatiga y noche calurosa de inviernos y veranos consecuentes.

Los años abotagaron las sensaciones, y los afectos mutaron en figuras extrañas, monstruosas, o al menos ése era el sabor que le dejó en la boca ése tiempo, y que intentaba quitárselo con algo de brandy al repasar su retrospectiva.

El resplandor de los halógenos de algún automóvil pega en las ventanas. Un resoplido inunda la estancia con el ocre aroma de tabaco. La luz de fuera convierte en niebla espesa el humo al atravesar la ventana. A su paso, el relamido de las ruedas de un coche le recuerda que ha llovido hace poco. Va a ser fría ésta noche, piensa.

Ahora son dos extraños que comparten una vida triste, que han terminado el poema de su vida pasada con frases densas y opacas. Decide por su cuenta terminar definitivamente éste romance con un gesto que, aunque teatral, redondeará en su memoria ésta arista final en el mágico círculo del pasado.

Se pone en pie. Cierra silenciosamente el portón y se aleja calle arriba.

El valle luce resplandeciente de faros y soledad de medianoche, mientras pisa a fondo el acelerador. El humo del cigarrillo – única compañía – le espeta la torpeza de su propia trampa, indiferente a la canción romántica, que, muy tarde ahora, resuena distante en la radio.

Van más de doscientos kilómetros y casi amanece hasta que al fin comprende su triste circunstancia de hombre escueto. Inicia un llanto demasiado parecido a la tristeza.

(Para P.T.)

Junio/2003

13
Feb

Polvo-y-olvido

Por Luis Alberto Mendieta

María Belén sin duda es esa clase de jovencitas que cualquier hombre voltea a mirar por su sensual atractivo.

¡Cómo podrías olvidar su primera noche juntos! Tan a su manera, que te sentiste una bestia, un animal devorando aquello que el demonio te arrojó por entretenerse un rato, por ver tu reacción. Y es que estando en lo mejor, en la cúspide de la refriega, la Belén con su beatífica sonrisa te arrebató el placer en el instante más inoportuno.

Es de aquellas que están absolutamente convencidas del valor de su clase social, y desprecian todo aquello que consideren vulgar o rústico. Sin embargo su naturaleza, en el fondo, es sencilla y quizá hasta dulce, pero cuando el demonio del capricho entra en su corazón, exhibe una personalidad que fácilmente humillará a quien no sepa tratar con personas de su nivel. Le resulta sencillo aplastar al que se le ponga por delante con un par de palabras o el más mínimo gesto, porque el poder del dinero ha creado en sus ojos dos tizones que brillan en ése rostro pálido suyo de Virgen María adolescente, con actitud capaz de abatir murallas, armada únicamente de intrepidez.

La María Belén… Ella y su aura virginal, entre la centena de compañeras suyas, mocosas libertinas, carentes de honestidad… Tal como tú.

Esa actitud angelical que te excitó siempre de ella, infame ironía, fue la que llegaste a odiar, porque sus malditos orgasmos tenían algo de advenimiento sagrado, de ceremonia vestal, de pacto divino en el que tu alma le pertenecería para siempre. Mal polvo la María Belén… ¡Maldita sea! Mal polvo. Mujer ideal para cualquier hombre sensato y el mejor partido del mundo para ti… Pero mal polvo al fin y al cabo. Te asqueaba su prosaico amor de jovencita perdidamente enamorada de su maestro porque siempre quisiste hembras-animales, mujeres de sangre caliente y mirar lujurioso, aficionadas a los placeres de la cama: hembras regodeándose en el hecho de que las poseyeran para olvidarlas cinco minutos más tarde: mujeres-fáciles, mujeres-polvo-y-olvido, polvo y olvido…

Hasta que una tarde su recuerdo te arrancó un estremecimiento porque caíste en cuenta, espantado, que pese al aparente disgusto, empezaste a añorar la llegada del sábado para repetir en tu lecho su extraño ceremonial.

Enero/2010.

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21
Ago

Zapatos de papel maché

Por Luis Alberto Mendieta

Todo lo aprendí en el curso de manualidades. Sus manos sabias hicieron con papel y ante mis ojos, primores de birlibirloque, pintados lindamente con témperas y pastel. Fue ella la que me enseñó a hacer zapatos de papel maché.

A falta de algo mejor en qué ocuparme, pasé semanas aprendiendo sus habilidades, contemplándola trabajar por mirar sus manos, que estimulaban eróticas fantasías en mí.

Eran manos sensuales, de uñas largas y limpias, con rechonchos hoyuelitos al final de cada dedo sabio y lujurioso, confabulados todos ellos en apretar y acariciar hasta el éxtasis.

Luego de haber satisfecho con ella mi antojo, empecé a tomarle afecto, pero su mirada oscura cometió una tarde el error de posarse en los ojos de un estudiante nuevo, y loco de furia, en lugar de asesinarla, decidí hacerle algo peor, confirmando que en el fondo, este mundo es de papel.

De papel el oro con que compré conciencias en la Corte de Justicia, para vivir con fasto luego de que se largó de mi vida de papel, cuando le gané el juicio por plagio que encolerizada por mi descaro interpuso un día. Gracias a ello me hice rico, todo el mundo lo sabe, si… ¡Y qué!

De papel su corazón como veleta, de papel las letras con las que la enamoré. De papel mi corazón adolorido por ella y por vanos remordimientos, pues finalmente el muy cínico endureció en grueso caparazón de papeles verdes, agasajando al instinto con buen vino y mujeres hermosas, hasta que la billetera se vació, cuando la novedad de los zapatos se convirtió en vulgaridad, malditos caprichos de la moda.

Aún conservo el modelo hecho por ella, el que me hizo rico. Eran rojos, con hebilla dorada a marcador, francamente magníficos: Causaron sensación en las calles, sobre todo entre las jovencitas, que en los almacenes se tiraban histéricamente de los cabellos en su lucha por hacerse con un par, cuando la percha empezaba a vaciarse. Los viejos tardaron un poco, pero igualmente acabaron rindiéndose ante la moda.

Fue así como logré tomar venganza: haciendo que todo el mundo, al menos durante aquel verano, la obligara a recordarme, aunque sea como al ladrón que se hizo rico vendiendo sus zapatos de papel maché.

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6
Jun

[Relato]Luis Alberto Mendieta: La Pintá, Última parte

La Pintá, escena final.

Mientras se acercaba al lugar escuchó una canción dulce aunque algo triste, y comprendió de inmediato que Pinzón la había compuesto en su honor.

Alcanzó a percibir Pinzón mientras cantaba, aquella fragancia a canela de su primer encuentro y calló de pronto. Miró hacia todos lados, dio varias zancadas hacia donde creyó percibir el aroma y al encontrarse con ella de pronto, entrelazó sus manos con las de su sirena y la acercó hacia sí, emocionado.

- ¡Sirena! – Trémula la voz- ¡Cuánto te he esperado, niña! ¿Por qué me has dejado cantando mi canción, solo, como un loco, tantos días? ¿Al menos la escuchaste alguna noche allá, entre las olas?

Su mirada reclamaba duramente, con mayor acento aún que las palabras.

Anaìs contempló enternecida la ingenuidad del muchacho y luego de abrazarlo fugazmente, se lo llevó hacia un rincón, donde acalló sus reproches con besos apasionados y le entregó sin importarle las consecuencias, aquello que el negrero tan celosamente había protegido de cualquier varón y de sí mismo.

En su brío de corcel impetuoso, en el vigor de toro enamorado que empeñó al poseerla, en la sensible percepción de sus apetencias a la mínima inflexión corporal, al más escueto suspiro, halló Anaìs en Pinzón al complemento que nunca volvería a encontrar en su vida.
Ante el infinito número de los ojos del Dios de Pinzón, parpadeando taciturnos como siempre, poseyó el hombre por primera vez en su vida a una mujer, creyendo que amaba a una sirena, sirena suya con sabor a canela y a sal.

Hasta que el horror de pensar en su amo despierto puso en pie a la esclava, de regreso al lugar del que partió, lamentándose el no haber dicho su nombre ni preguntado a su amante el suyo y temiendo que jamás podrían saberlo.

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Se encontraron a dos pasos de la puerta del camarote.

- ¿Dónde has estado, mujer? – Acento casual, siniestro el solapado matiz de fondo. – Asió furiosamente su cabello, como quien sujeta las plumas de un escobajo, rumbo al camarote.

Al entrar, lanzóse como un loco hacia ella y nomás tenerla junto a sí, presintió lo que había ocurrido. Madrugada aún.

Energúmeno, la tiró sobre la cama y luego de hacer jirones sus prendas hasta desnudarla totalmente, olfateóla como un furioso galgo allí, allí donde no debía, y de rabia la poseyó hasta que el asco dijo basta.

Al amanecer, consciente de que su negocio tomó un giro inesperado, juróse al menos desquitar la cuenta con la causa de su desgracia, sin atreverse a tocar a la esclava, por no acabar de estropear su mercancía, pero jurándose mantener la cuenta pendiente.

Empezó por asesinar al capitán de una puñalada y a traición en cuanto se opuso a su designio de matar al infractor y luego de sobornar al navegante y a cuantos pudo, se convirtió en Mayoral de alta mar.

A la conmiseración de los marinos ante su camarada y la ira por la muerte del capitán, interpuso doblones de oro y hasta prometió esclavos, ofreciendo aún más a quien acusara al culpable de tener tratos con su esclava. La tripulación miraba al sujeto como al lunático en que se convirtió, indecisa, mientras esperaba inquieta el día de su llegada al puerto. Por la tarde, dos días después y ante el peligroso silencio de los marineros, reunió a todos y parado sobre el castillo de popa exclamó:

- ¡Mil escudos por la cabeza del bellaco que violó a la negra! ¡Están aquí, en esta bolsa!

Y la abrió, dejando brillar a la vista de todos los presentes las monedas de oro. Luego introdujo una mano en ella y enterrándola entre las monedas, las sacaba a puñados que dejaba caer nuevamente en el talego. Repitió la operación varias veces hasta evidenciar que efectivamente estaba repleta de monedas de oro, sin perder de vista los codiciosos ojos de la tripulación, alucinada ante el espectáculo.

Las lenguas de la marinería acabaron por deslenguarse. Ataron de pies y manos a Pinzón, lo entregaron y exigieron la recompensa. El botín se repartió entre todos a partes iguales.

El negrero, consecuente con el hecho de que en tierra su venganza sería imposible, asesinó a Pinzón aprisa, empezando por descargar un terrible golpe en su cabeza, pese a que de cualquier modo estaba extenuado, luego de luchar contra toda la tripulación para salvar su vida.  Quería evitar escándalos, en caso de que la tripulación, en posesión del oro, se arrepintiera de haberlo entregado y volviera a rescatar a su compañero. Luego lo apuñaló varias veces, un poco por asegurarse, y otro por bajo instinto. Finalmente lo arrojó al mar como a un bulto, aprovechando que los marineros se encontraban atentos a la repartición del dinero.

De inmediato hizo circular botellas de ron, no sin antes condimentar la bebida con ciertos polvos que traía para ocasiones como ésta.

Luego, fingiendo intensa pesadumbre, se puso a contar la historia de Anaìs a toda esa gente, que formó un corro en torno suyo. Al finalizar, uno preguntó:

- ¿Y qué hay de la niña? ¿Aún podéis ir a recogella, no?
- ¡Grandísimo follón! ¿Es qué tan duro tienes el colodrillo, que no os hacéis cargo de quién está hablando aqueste hombre? –Respondió otro, agarrando por detrás la greñuda melena del primero-.

Fue entonces cuando empezó a surtir efecto el aderezo. El negrero tuvo algún trabajo en recoger cada una de las relucientes monedas. La mayoría quedaron desparramadas en cubierta, y fueron las más fáciles de recuperar; pero unas pocas costaron esfuerzo, pues fue menester arrancarlas de las manos de algunos, que aún en trance de muerte se negaban a liberarlas hasta el último aliento de vida.

***

Alcibíades llegó a Lima con la novedad de que la peste negra había acabado con toda la marinería y que de milagro había salido él con vida. El dueño de la embarcación y la Autoridad del puerto recibieron reporte de la penosa fiebre que mató al capitán y a toda la tripulación, hecho que obligó a la nao a permanecer en cuarentena en un punto alejado del puerto, junto con el negrero y sus esclavos, que milagrosamente, -advirtieron las autoridades, dejando para luego mayores averiguaciones- se salvaron de la peste. Declaró, colérico al enterarse de su inevitable cautiverio, que en cuanto terminara la cuarentena, marcharía hacia el puerto de Guayaquil, y de allí a Quito,  a vender a sus esclavos.

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sirena_cofre

Uno de los negros de Alcibíades logró escapar una noche. Tuvo que nadar muy poco para llegar a la costa, y de allí pasó a varios poblados de pescadores. Al llegar al último, se enteró de una aldea de cimarrones que vivía en las estribaciones de ciertas montañas, al sur, en el Ande, que aunque lejanas, eran seguro refugio para los esclavos fugitivos. Le obsequiaron los indianos pescadores algo de comer, compadecidos al verlo gris y macilento por el terror y el hambre prolongada. Luego le ofrecieron un jarro de aguardiente y a modo de agradecimiento, relató algo alucinado por los efectos del alcohol, la historia de un hombre que se enamoró de una sirena y tuvo amores con ella; al punto cantó la triste melodía que compuso el marinero en su honor, que se filtró aquella madrugada a las entrañas de la nao y llegó nítida a sus oídos, en mitad de la mar océano.

Finalmente añadió de su parte que toda la tripulación se había trastornado al escuchar que la Sirena repetía la canción de su novio, y aseguró que todos se lanzaron al mar, en un ataque de locura, a excepción de los esclavos, "porque estaban encerraos en la panza del navío".

Pasó allí la noche el cimarrón, contando detalles de esta y otras historias hasta que la brisa marina enfrió el ambiente y la luz de la fogata empezó a languidecer. Los aborígenes se fueron a dormir en cuanto se quedó dormido de borracho, porque no paró de beber en toda la noche y ellos llenaban otra vez la jarra en cuanto se vaciaba, por reír sus ocurrencias o lamentar en silencio sus desdichas.

Al alba, le despertaron los primeros rayos de un sol que atravesó la bruma para pegarle en la cara, luego de haber despejado un poco de la cabeza el aguardiente de la noche anterior. Se despidió brevemente, haciendo un gesto con la mano a un par de niños que habían salido a espiarlo, antes de internarse en la manigua, hacia el sur, en busca de libertad.

***

La leyenda de Pinzón y la Sirena llegó pronto a oídos de la gente de mar, por los pescadores, que llevaron la novedad a los puertos aledaños. Y con ella la canción, dulce y apasionada, que aún cantan algunos marineros de Cartagena de Indias, Panamá y otros puertos de las costas de lo que un día se conoció como Tierra Firme.

Cantan hasta caerse de borrachos, en alguna taberna cercana al puerto.

Son los marineros viejos. Son ellos recordando con nostalgia, por el tierno acento de la melodía, sus lejanos amores de juventud.

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La Pintá, primera parte.

La Pintá, segunda parte.

La Pintá, tercera parte.

29
May

[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 3ra. Parte

cielo_estrellado

El límpido cielo mostraba un firmamento repleto de estrellas, parpadeando, y cualquiera hubiera pensado que tiritaban por la fresca brisa nocturna.

- Parecería el infinito número de los ojos de Dios. – musitó el mozo, creyendo que se trataba de algún compañero-.

- A mí me parecen gotitas de agua atrapadas allá arriba, que guardaron la luz del sol en su barriga, como las hembras preñás guardan a sus niños. – respondió ella-.

Fue verla y enamorarse locamente. La esclava, conforme a su naturaleza, se apresuró a impulsar esa pasión con todos los artificios que el común de las mujeres suele utilizar, por mera vanidad. Pero sintió por primera vez algo extraño en su interior, al notar la ingenuidad, la sencillez de aquél hombre.

- ¿Quién eres? ¿Eres una sirena? Mis compañeros hablan mucho de ellas. Dicen que son malas porque engatusan a los hombres con sus cantos.

- Yo no sé cantar, así que no temas ná. Ahora me voy. Debes irte primero, pa’ evitar mis hechizos de sirena.

Mientras Pinzón se marchaba, ella sintió algo doloroso en su pecho, un sentimiento totalmente desconocido. Y un mal presagio. Se apresuró a volver a su camarote con mucho cuidado para no despertar al negrero y no pudo conciliar el sueño pensando en aquella situación.

Pinzón, que no había visto una mujer en toda su vida, ni de cerca ni de lejos, no pudo vivir en paz desde entonces.

Se puso a hablar con sus compañeros acerca de una niña pintá, una sirena pintá, que conoció la noche anterior en la cubierta de popa. Sólo el capitán conocía de la presencia de la esclava, así que los marineros, al no saber que Anaìs estaba a bordo, empezaron a burlarse de él.

- Pinzón se nos va a morir… Hay una sirena prieta que la persigue con sus cantos, que quiere llevársela. ¡Cuidado y lo dejéis solo en cubierta!

- Lo que pasa es que la sirena ha cogido mucho sol, o es que estaba muy oscuro, ¿eh, amigo?

- Juro que no miento. Por más seña, huele siempre a canela.

Nadie le hizo caso.

Pasaron varios días y la inquietud de Pinzón se convirtió en versos, que murmuraba todo el tiempo, tratando de encontrar en su mente música que los acompañe. Salía todas las noches en busca de su sirena y al principio, varios marineros lo espiaban ocultos, por saber si eran ciertas sus afirmaciones, pero al comprobar que nada ocurría, terminaron por olvidar el asunto. Sin embargo, él continuó llegando puntualmente al mismo lugar todas las noches, a contemplar el firmamento. Y a esperarla.

Anaìs prefirió quedarse en el camarote durante ese tiempo, para evitar que Alcibíades se enterara de lo que la mortificaba incesantemente. Cada día, aquél sentimiento se hacía más fuerte. Empezó como repugnancia hacia su amo, que debió ocultar para evitar problemas, aunque mal pueden ocultarse sentimientos así.

- ¿Qué te pasa, mujer? ¿Qué bicho te ha picado?

Asumió que el uso del bacín la asqueaba, además de otros oficios de aseo que debía cumplir necesariamente para pasar la noche junto a él, que no tenían nada de gratos y que por añadidura debía hacerlos detrás de un biombo ubicado junto a la cama, con él en el camarote. Al notar su incomodidad, Alcibíades decidió salir a diario, poco antes del anochecer, para darle libertad de cumplir, sin testigos, con lo que exigían su aseo personal y demás afeites. Ella poco agradeció el detalle, debido a que le aquejaba otro mal, aunque reconoció la importancia del gesto de otorgarle por primera vez privacidad.

Hasta que finalmente una noche no pudo resistir la tentación y salió a la misma hora que la primera vez, en busca de Pinzón, sin saber ni su nombre.

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La Pintá, primera parte.

La Pintá, segunda parte.

La Pintá, última parte.

21
May

[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 2a. Parte

Burlóse Noemí del negrero, aunque veladamente, al notar que luego de haberse holgado con su esclava toda la noche, no la reconociera a la mañana siguiente. Argumentaba el hombre que la noche era oscura y muy lánguida la luz del candelero, pero la verdad era que su torpe urgencia fue la causa de la distracción. Lo único de lo que pudo dar razón el hombre fue de su permanente aroma a canela. Al preguntarle la causa a Anaìs, afirmó que su tutora le había indicado masticar siempre trocitos de canela en rama cuando estuviera cerca de un hombre.

Quedó impresionado por la belleza física de la muchacha. Por la tersura de su piel y por su tono, semejante al de la canela; por la delicadeza de su semblante, por la vivacidad de sus ojos, que entendieron pronto de las debilidades masculinas y lo dejaban translucir con desfachatez. Pero sobre todo, su instinto se sofocó al fuego de sus imponentes caderas, que adquirían proporción armoniosa por su alta estatura y el volumen del pecho, que sin ser abundante, era grato a la vista. Noemí advirtió de inmediato que la posición en que había quedado era demasiado endeble, y para su coleto, se juró dar pronto remedio al asunto del modo que mejor ajustase a sus intereses. Sin embargo el negrero, a pesar del celo de su concubina y aunque estaba consciente de tal hecho, procuraba constantemente la compañía de Anaìs ante la paciente mirada de Noemí, que toleraba en silencio su desfachatez.

La primera decisión que Alcibíades tomó fue apartar a la esclava del comercio carnal, algo sin duda comprensible, dada la necesidad de prevenir que se contagie de algún mal, aunque otras eran las razones de fondo. Luego escribió a un español que vivía en Lima, mencionándole que por fin pudo encontrar la esclava que tanto tiempo había esperado y pidió una cifra enorme, anticipando que sólo al verla entendería la razón del precio y que además era virgen. Finalmente envió a Noemí a recoger de una isla cercana a Panamá, llamada Taboga, varios fardos con alfombras persas que su ‘amigo’ judío le había dejado como parte del pago por su deuda, antes de fallecer accidentalmente al caer del muelle, la misma noche en que Alcibíades había ajustado cuentas con él. Mientras tanto el negrero se dedicó a tiempo completo a su esclava, día y noche, por cuatro semanas. Al finalizar el mes y notar que no regresaba Noemí, sospechó que había sido traicionado. Se embarcó hacia San Pedro de Taboga en cuanto pudo pero al llegar, supo que ella había subido el cargamento en una nao con rumbo a Cartagena. Abrigó esperanzas de que su afán por complacerlo le hubiera inspirado a comerciar ella misma los géneros. Al arribar supo que allí vendió bien sus mercancías y luego perdió su rastro para siempre. Nunca la volvió a ver. Ese fue el primer tributo que debió pagar por disfrutar de Anaìs.

A bordo de la nao Sanctísima Concepción.

Dos semanas más tarde embarcó a su esclava junto con un grupo de senegaleses que consiguió pocos días antes, en la nao Sanctísima Concepción. Pero la llevó a un camarote (ésta era una de las pocas embarcaciones de ese tipo con alojamiento tan lujoso) del que no le permitía salir para nada. Allí pasaban ambos casi todo el tiempo. Algunas noches, cuando Alcibíades dormía, exhausto de amores, salía Anaìs a tomar el aire.

Viajaba a bordo desde hace años un muchacho en la Sanctísima Concepción.

Algunos conjeturaban diciendo que era un hijo natural del capitán, pero la verdad era que simplemente llegó un día, siendo casi un niño, pidiendo que le dejaran subir a bordo. El maestre aceptó, quizás por caridad cristiana o quién sabe por qué, embarcarlo como grumete. Era ciego y nadie recordaba su nombre. Sólo le llamaban Pinzón, por su ceguera y su afición al canto. Era mozo de buena complexión, de buen ver, atento y generoso, por lo que se le apreciaba a bordo. Sus ojos, de un azul intenso, mostraban sin embargo la terrible oscuridad que en ellos habitaba.

Pocos días después de iniciado el viaje a Lima ocurrió algo insólito.

Estando ante vientos favorables del noroeste, una tarde, luego de almorzar, ocurrió que una verga se soltó violentamente y tras un giro provocado por la enérgica brisa, pegó el madero de lleno en la cabeza al pobre Pinzón, que cayó sin sentido. El golpe fue tan sonoro que lo dieron por muerto, pero luego de casi una hora, ante la sorpresa de todos, se levantó jubiloso, dando voces incomprensibles y agradeciendo a Dios por los favores recibidos. El hecho produjo algunas risas de quienes presenciaron lo que pasó, porque nadie agradece a Dios que le den palos.

Era que, inexplicablemente, el golpe sirvió al muchacho para que sus ojos le mostraran por primera vez la luz. Ofreció el chaval romerías y rosarios al regresar a Panamá y todos celebraron con él su dicha. Pero poco tiempo le duró tanta alegría, porque hallándose una noche contemplando la noche estrellada, acertó a salir Anaìs a cubierta.

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La Pintá, primera parte.

La Pintá, tercera parte.

La Pintá, última parte.

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