11
Jun

Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, Última parte

En palabras de León Febres Cordero (+):

“Los perros runas, aunque se junten con leones, seguirán siendo perros runas” [1]

(León Febres Cordero refiriéndose a la relación social existente entre él y Alberto Dahik).

Un héroe en su laberinto

Líder en su laberinto

Es crucial notar que Febres Cordero se consideraba a sí mismo como “dueño del país”,  ante la cómplice anuencia[2] de la prensa nacional que lo adjetivaba muy suelta de letras de igual modo, corroborando un libreto añejo de la nobleza guayaquileña: controlar el país para ponerlo al servicio de sus ‘patricios’, dueños de poderosos intereses económicos, o declarándose abiertamente “independientes”. La repetición del guión fascista, pero en la Perla del Pacífico: Desprecio por el origen como regla natural de una sociedad domesticada entre telenovelas y actitud social de revista de vanidades.

Es luego de todos estos razonamientos que para mí el ‘Proyecto Singapur’ no parece tan brillante como podría parecer al principio a cualquier persona, y conste que no hablo de dejar que Guayaquil se convierta en un paizuelo en manos de un puñado de fanáticos racistas. Por otro lado, también está Manta, por ejemplo, que tiene tanto derecho como Guayaquil (¿o no?).

Los guayaquileños quieren ver mejor a su ciudad: quieren verla próspera y bella, pero depende de qué guayaquileños estemos hablando y cómo miremos esa prosperidad. Los aristócratas verán una ciudad cuyo centro colonial derrame oro por los cuatro puntos cardinales, y si alcanza para más allá del centro, pues enhorabuena para el resto, a condición de que el gobierno esté en sus manos. Es previsible y siempre ha ocurrido.

Sin embargo, luego de tantos años de un proceso de desarraigo de los valores culturales de la mayoría de la población, me queda la duda por saber si la buena fortuna cambiaría la situación social de Guayaquil, es decir la negación del origen, el egoísmo que parte de la "nobleza" y se ha enraizado en los ciudadanos sencillos, cuya autoestima depende de lo que puedan extraer de su bolsillo: mientras más tengas, más vales. Si no tienes nada, pues ya sabes… El origen está bien para los ‘nobles’, que los cholos nada tenemos que merezca recordar. ¿Y qué pasó con los valores espirituales? ¿Valdrá algo mi cultura? ¿Y dónde queda mi noble ancestro aborigen, dueño de una cosmovisión que hoy en día revoluciona las ciencias sociales, y eso que apenas empieza a analizarse?

Despedida al líder, al estilo conquistador español del siglo dieciséis.

Despedida al líder, al estilo conquistador español del siglo dieciséis, pero irónicamente en trajes de "cholos", en lugar de armaduras.

Guayaquil se quedó socialmente encadenado al siglo dieciséis.

¿Será que  el dinero hace mejores a las personas? ¿Será que con más dinero llegará la felicidad a cada rincón alejado de Guayaquil? (Al parecer ya todo el mundo olvidó los ingentes recursos que exigió a punta de carajos León Febres Cordero mientras fue alcalde, pero la periferia sigue hoy tan desatendida como entonces, una década más tarde, en manos de alguien de su mismo pelaje)

¿Y qué hay del Ecuador y su soberanía territorial? Finalmente: ¿Hacia dónde apunta el plan de los ‘aristócratas’ guayaquileños respecto a Ecuador como nación?

Viéndolo fríamente, esa es la historia de toda Latinoamérica. La diferencia clave está en un detalle muy importante: el fanatismo confabulado con un egoísmo rayano en el impulso vital de un cromagnon.

Empezaron por retirar el nombre del Aeropuerto (antes Simón Bolívar), para sustituirlo por José  Joaquín Olmedo, en mi opinión, en un acto de vandalismo histórico similar al protagonizado por otro de sus líderes: Juan José Illingworth. Es un mensaje preocupante el lanzado con tan desatinado (y hasta tenebroso) gesto. Y ahora quieren eliminar de su historia urbana el nombre de Bolívar, quitando el nombre al malecón Simón Bolívar, llamado así por el monumento erigido en su parte central, debido a la entrevista entre Bolívar y San Martín, ambos protagonistas de la independencia americana. Lo más curioso del asunto es que pretenden sustituir el nombre de un prohombre valeroso, que sacrificó hasta su vida por gran parte de Sudamérica, poniendo a cambio el de una persona prejuiciosa, cargada de defectos y cuyo mayor mérito fue cumplir con su deber de alcalde. ¿No será que en el fondo, los "aristócratas", pretenden erigir un monumento a sus inconfesables prejuicios, personificados en su líder natural, idéntico a ellos, pero con una megalomanía desmesurada como "virtud" adicional?

La humanidad, para recuperar su humanidad, debe concebirse desde una lógica alejada de la concepción europea del ser humano y del Capital como argumento de una sociedad egoísta y primitiva. Si alguna lucha debe desafiarse frontalmente y merece combatirse, es la lucha contra el demonio humano que habita en nuestra naturaleza, que persigue intereses tan alejados del mundo que habita, que es indigno incluso de llamarse “animal”, porque hasta los animales tienen claros los conceptos de solidaridad y fraternidad.

Hoy más que nunca, es necesario educar a la población guayaquileña, empezando por proporcionarle mejores oportunidades de vida, aplicando un marco social de distribución equitativa, mientras a la par se le hace reflexionar sobre su verdadero origen, no aquél ridículo que pretende un par de “historiadores” asalariados y fanáticos, como parte de un plan fascista, engendro de la “aristocracia” medieval guayaquileña.

Urge un programa de gobierno tendiente a integrar activamente a la población con el resto del país, por medio de negocios agroproductivos, enlaces sociales y culturales que desvirtúen los delirios fanáticos de poder de una clase decadente, reparando así los daños del vandalismo histórico fruto de un fanatismo intolerante: verdugo que pretende perpetuarse así en la mente de sus indefensas (por ignorancia, con libros de "historia" que no enseñan historia en absoluto) víctimas para tenerlas siempre a su servicio.

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[1] http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/584-lapidarias-frases. “Runa” es un término peyorativo que se refiere al indígena como una raza inferior, desde el punto de vista europeo. En su acepción kichwa originaria, significa simplemente ser humano.

[2] Como una patética muestra de servidumbre a León Febres Cordero y al "estilo de vida" norteamericano, los medios de prensa ecuatorianos se dieron en publicar titulares utilizando las iniciales del político ecuatoriano (LFC), como solía hacerse en Estados Unidos en la década de los sesenta, al referirse a John Fitzgerald Kennedy (JFK).

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Una canción muy a propósito del tema:

 

6
Jun

Juan Paz y Miño: Revisionismo histórico

pazyminoEl Bicentenario del inicio del proceso independentista del Ecuador, que arrancó con la Revolución del 10 de Agosto de 1809, ha despertado entusiasmo en el país y enorme interés entre los países latinoamericanos que también conmemoran sus bicentenarios entre 2009 y 2011.

En todos los países del “Grupo Bicentenario”, se han realizado reuniones no solo de las Comisiones nacionales, sino de académicos que dictan conferencias o mantienen encuentros para discutir sobre la independencia latinoamericana, tan compleja en expresiones históricas. La literatura que se produce en cada país es abundante. En Ecuador, obras como las que ha publicado el Ministerio de Cultura, el BCE, el FONSAL, la Academia Nacional de Historia, varias universidades y hasta historiadores individuales por sus propios méritos, continúan enriqueciendo los conocimientos sobre el tema.

En medio de esa significativa producción internacional, también ha surgido una corriente revisionista, que reinterpreta los procesos históricos sobre la base de la manipulación selectiva de los hechos y el uso de documentación fragmentada. Cualquier científico social sabe que cuando se obra con esa metodología, se puede probar lo que sea.

En el Ecuador, el revisionismo histórico se ha instalado entre un puñado de escritores aficionados. De acuerdo con su versión, el 10 de Agosto en Quito es un “mito”. Su gran “prueba” es que el Acta quiteña no menciona la palabra “independencia”, pero sí una expresa declaración de fidelidad al Rey Fernando VII. Olvidan que algo parecido ocurrió en otros países. Concluyen que solo la del 9 de Octubre de 1820 es la “única” y “verdadera” revolución de Independencia. Y otras cosas más: Guayaquil liberó al Ecuador y a Latinoamérica, Bolívar “usurpador” acabó con la independencia guayaquileña, etc. Así, procesos significativos de la historia toman un giro distinto y se tergiversan.

El revisionismo, que además asume una abierta posición regionalista, usa el “guayaquileñismo” con fines políticos, pues aquí la “investigación” se concentra en la historia de los patricios y elites dominantes de la ciudad, para justificar sus reivindicaciones actuales de autonomismo, separatismo e independencia. Sobre la base de esas ideas, ha sido fácil a la derecha política cambiar el nombre del aeropuerto o proponer un nuevo nombre para el malecón, renegando de la historia latinoamericana. Sale Simón Bolívar y entra el nombre del ex presidente y alcalde León Febres Cordero, a quien el Congreso Nacional solicitó su renuncia en 1987 por las violaciones sistemática a la Constitución y a los derechos humanos. ¡Qué ironías de la historia!

Pero más allá de la política, el revisionismo tiene la oportunidad de oro para discutir sus tesis en los dos congresos de historia que se han organizado en Quito con motivo del Bicentenario: el uno, mundial sobre las luchas anticoloniales; el otro, de las Academias de Historia. Tienen el espacio ideal para confrontar sus argumentos con los historiadores serios del mundo. ¿Será que alguien más, ajeno a su círculo, les creerá?

9
May

Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, 1ra. parte

Guayaquil_Malecon2000Mirando el caso de una ciudad tan exitosa como Singapur, cualquier persona, por sencilla que sea, entenderá entusiasmada que quien pretenda convertir a Guayaquil en algo similar, tiene mucho patriotismo y las mejores intenciones del mundo. De hecho, quienquiera que contradiga tal proyecto, ante la mirada de quienes acaricien la posibilidad de convertir a Guayaquil en una ciudad enormemente rica y próspera, será considerado, cuando menos, por loco, por regionalista o hasta por envidioso. Es perfectamente comprensible.

Visto así el asunto, más de un compatriota opinaría igual, pero es sólo analizando la idea y razonando sobre sus autores, que se puede entender mejor la propuesta y su  fanatismo subyacente.

Antecedentes.

Los llamados a sí mismos ‘patricios’ guayaquileños, han tenido siempre la secreta ambición de hacerse con una ciudad-estado que pudieran controlar a su antojo, bajo la consideración de que NUNCA sus intereses de clase podrán coincidir totalmente con los de un contexto más grande, como el país de turno.

Así, España tenía el inconveniente de cargar de impuestos a toda la región y era menester liberarse de la Metrópoli para dejar el oro de las cargas impositivas en las arcas personales de los señores feudales criollos. Ni hablar del control del gobierno, que reportaría enormes beneficios a los mencionados personajes. Fue así como Guayaquil se integró al proceso revolucionario. Suena usual, pues en toda América Hispana el razonamiento fue más o menos parecido, con pocas diferencias.

Luego vino la República. Allí tampoco se sintieron en sazón, porque el poder TOTAL que perseguían estaba supeditado a una ley que los rebasaba y dejaba en la categoría de segundones, pues la autoridad nacional estuvo y está sobre su autoridad de ‘aristócratas’ porteños, cuya máxima dignidad local es la de alcalde, de modo que empezaron a construir mecanismos que les permitieran tomar control omnímodo del país. Naturalmente, además de ellos, había otros grupos con ideas más o menos tan radicales como las suyas, de modo que no siempre pudieron salirse con la suya, así que el plan de hacerse con instituciones del Estado como el poder ejecutivo, que pudieran favorecer sus intereses a gusto y sabor, no siempre fue posible, aunque aquí cabe mencionar a la Junta de Beneficencia como uno de sus bastiones.

Esta institución de beneficencia favorece casi exclusivamente a Guayaquil, bajo un monopolio (la lotería), que además impide injustamente que otras ciudades promuevan juegos similares para beneficio de sus comunidades, en un caso flagrante de injusticia histórica y económica. Detrás, como siempre, subyace el fanatismo de un grupo de ‘patricios’, gente abrumadoramente cargada de prejuicios: hombres y mujeres que viven en un pasado feudalista enterrado hace más de doscientos años, para quienes la piel blanca, el apellido tradicional (o extranjero) y la fortuna sirven de señas particulares del ‘legítimo guayaquileño’, con excepción de  los libaneses, cuya piel olivácea debió encajarse en su grupo social con habilidad política, abundante dinero en efectivo y muchas alianzas de sangre.

Los demás son siervos de la glebaI_Bastión_antes_de_la_invasión_11, gente utilitaria y advenediza, tal como se conceptuaba en el siglo dieciséis en la península ibérica a los descendientes de árabes con española, o a todo aquél que no era distinguido por un título nobiliario o por patrimonio familiar.

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Tema de la próxima entrega: Un poco de genealogía.

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Guayaquil de mis amores, en la voz de un hombre del pueblo: Julio Jaramillo Laurido

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