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El Reino de la Agencia Nacional de Tránsito, o cómo invertir siete dólares con cincuenta para demostrar que NO tienes carro

Por Luis Alberto Mendieta

Tengo un hijo que va a la universidad, y a ambos nos solicitaron un documento para probar que tenemos (o no) vehículo, entre otros documentos. Lo más complicado de obtener sin duda fue lo que debía pedir en la Agencia Nacional de Tránsito, porque entrar allí es como invadir el Reino y Santuario de la Burocracia más insolente y aferrada, como paso a explicar a continuación:

Nomás llegar me explicaron de la manera más confusa lo que debía hacer, y luego de varios cruces de palabras, finalmente me quedó claro que debía hacer una sola solicitud para obtener los certificados de ambos, pero lamentablemente esto que acabo de sintetizar en 10 palabras, por alguna razón no pudo explicar la señora que me atendió, ubicada en Recepción.

La actitud de la mayoría, por no decir todas las personas que trabajan allí es vertical a rajatabla: se siente en todos un aire insoportable de superioridad, como si trataran por fuerza con gente que no está a su nivel, ignoro si social o intelectual, pero me sentí como un mendigo implorando caridad y eso me hizo perder la calma, en especial cuando me dijeron que por darme el famoso certificado, me sacarían $7.5, siete para la ANT, y 50 centavos de tajada para el Banco Pacífico por la transacción. ¡Un lindo negocio!

Reclamé a un funcionario y le pregunté que a quién podía reclamar el costo del certificado, que no estaba de acuerdo. Me contestó entre cabreado y pedante, algo parecido a “mis jefes no pueden atender a alguien que no sea importante”, en sus propias palabras, claro, pero la idea era más o menos esa. Algo empezó a hervirme en la cabeza. Le dije que TODOS ellos son empleados y nosotros sus mandantes, que a mí no me iba a sorprender con poses, y que de inmediato iría en busca de su jefe. Junto a él, un burócrata de 26 años a lo sumo, vociferaba junto a su compañero de trabajo argumentos absurdos, con más cinismo que el otro, hombre pasado de los 40. Más tarde noté que la señora que me atendió en la recepción y el muchacho no me perdían de vista, me seguían en todo momento.

Tuve que pagar callado 15 dólares (eran 2 certificados), y mientras hacía fila en la ventanilla del banco, me sentía ridículo, impotente y desubicado, porque la gente me miraba como a un animal raro.

De remate solo tenía la papeleta de presentación a sufragio, y la burócrata que nos atendió para la entrega del certificado de no tener/no tener vehículo me detuvo en seco, diciendo que Auditoría iba a multarla si veía que la papeleta de votación no era la correcta, así que hasta ahí llegaba el asunto, y me tocaba ir al Consejo Nacional Electoral para conseguir el pequeño papelito ese, en cuya validez moral no creo en absoluto, porque NO SUFRAGO, no creo en la obligatoriedad del voto. Al parecer Auditoría presta muchísima atención a las papeletas de votación equivocadas de una insignificante transacción más, de una entidad específica del Estado, que a los sueldos vergonzantes de los directivos de Yachay y otras instituciones, cuyos beneficiarios reposan graciosamente en la Yunai o donde sea, en espera del fin de mes, para cobrar su chequecito.

La mujer me recomendó hablar con una Sra. Karla Estrella, pero la susodicha  no estaba, y salió otra mujer llamada Karla igualmente (no recuerdo el apellido, Novoa quizás, pero hay 2 karlas en ese departamento, y sí, tenía el mismo aire cínico y de superioridad de tod@s ahí), y le propinó una sonora bofetada a mi inteligencia, afirmando que debía conseguir la papeleta, recorrer varios kilómetros de ida y otros tantos de venida para ver la papeleta de votación, “y que podría terminar la gestión sin hacer cola nuevamente, que me permitiría ese beneficio, que vaya a hablar con ella cuando llegue”.

Volvía furioso y con muy poca esperanza de obtener el infame papel que fui a buscar allí, cuando me interceptó la recepcionista, que con el aire mandón e insolente que impera en ese Reino, me dijo que su jefa, la “secretaria-de-no-sé-qué”, deseaba hablar conmigo. Lo dijo en un tono tal, que parecía una mezcla de “su majestad la Secretaria desea hablar contigo, insolente gusano”, y “te acusé con mi mamá, ahora vas a ver lo que es bueno”. Sonrisa en ristre, me dirigí hacia la secretaría, que resultó ser una jovencita muy amable, que recibió mis quejas con atención, y reconvino a la recepcionista cuando reclamó luego de que sugerí que sea más específica y concisa al informar a todo recién llegado. la Secretaria también supo informarme que la decisión de cobrar 7 dólares la tomó “El Directorio”, un florilegio de burócratas brillantes venidos de varios ministerios, a quienes les importa un pepino el bolsillo de la gente, y JAMÁS se acuerdan que son SERVIDORES públicos, y buscan todo menos el bienestar del ciudadano.

Todo esto había pasado en presencia de mi joven hijo, que sin duda pensaba: “pobre viejo, le van a mandar humillado y sin el papelito”. La verdad pensaba algo similar hasta antes de conocer a la Secretaria, pero las cosas cambiaron a mi favor y aproveché la circunstancia.

Como tuve el ánimo de mantener la calma e incluso alabar un poco a la recepcionista, esta me ayudó a convencer a la mujer que antes me negó el certificado para que me lo entregara.

Finalmente, 10 o 15 minutos más tarde pusieron en mis manos el papel que vine a buscar.

El funcionario con el que discutí en la mañana había desaparecido, y en su lugar estaba otro burócrata, que acababa de salir de la oficina de la secretaria cuando yo entraba a conocerla.

Concluí tres cosas:

1. Guagua que llora mama.

2. La viveza criolla es muy mala, pero es una herramienta PODEROSA en el Reino.

3. En Ecuador cuesta $7.5 demostrar que NO tienes carro. Si son padre, madre e hijo, son $22.5, y se pone peor si hay que incluir más miembros de la familia y la universidad te lo exige.

¿Y si no tenía para pagar ese dinero? ¿Mi hijo se quedaba sin estudiar y punto? ¿A quién le importa, verdad? La burocracia funciona en una suerte de relación Padre-Hijo: tal como es el padre, es el hijo, de modo que si el padre es prepotente, grosero y repleto de complejos de superioridad, así mismo serán sus vástagos…

Ahora viene lo extraño:

En el infame papelito, resulta que consta CERO DÓLARES como “valor del servicio”, como puede verse a continuación:

consejo nacional de tránsito ecuador

Sin embargo el costo es el mencionado de 7 dólares, más 50 centavos de la transacción, a favor del Banco Pacífico. Más que la suma es la afrenta de pagar por un simple papel… ¡y peor aún si no tienes carro! ¡Es ridículo!

Por si eso fuera poco, al revisar la transacción en el Banco del Pacífico, con el documento que le entregan por la transacción realizada, NO CONSTA la transación, y de cualquier modo la factura la hacen a nombre de Consumidor Final con PASAPORTE, así que ni siquiera puede usarse para descargo impositivo. La otra posibilidad es que el confuso interfaz del Banco Pacífico no permita extraer el documento, aunque lo dudo. A continuación el documento:

banco del pacifico ecuador -consejo nacional de transito

Y así terminó para mí el jueves 30 de julio del año del Señor 2015, cuatro y pico de la tarde, en el que aprendí que hay un Reino muy, muy lejano, allá en las alturas de la Av. Mariscal Sucre, en un enorme castillo financiado en parte con mis impuestos, donde vive una extraña gente grosera y con delirios de grandeza, a la que no quisiera volver a ver jamás. Pero ese no es el único Reino en el País de NUNCA JAMÁS. Sé que tarde o temprano tendré que visitar el Reino del Ministerio de Agricultura, ¡el Reino del Ministerio de Educación!, quizás hasta el Reino Mágico de Carondelet, donde vive su Majestad Suprema, el SERVIDOR NÚMERO UNO, que fue el primero en olvidar que somos sus MANDANTES…

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