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La cultura del papel

Es curioso observar la dificultad que tienen hoy en día los curadores europeos para conservar la enorme documentación que han generado cientos de generaciones occidentales a partir de la introducción del papel en el Viejo Continente, como instrumento de conservación de la memoria colectiva, con el refinamiento posterior de  la máquina de Gútemberg.

 

En estos últimos años, han creado diversos métodos, realmente ingeniosos algunos de ellos, que permitirán a las generaciones siguientes, y por supuesto a la actual, observar el pasado, documento en mano, manipulable y susceptible de análisis físico en sorprendente nivel de detalles. El objetivo es mirar a través de la opinión documentada de miles de escribanos o impresores, muy ufanos en dejar constancia de la historia, o simplemente de sus negocios, componendas, contratos y por supuesto, obras maestras de la literatura.

 

Naturalmente queda en manos del investigador el  contrastar lo documentado con la memoria oral, que por desgracia no siempre concuerda con lo suscrito, pero ayuda a sacar en limpio los hechos genuinos, o al menos a tener una idea más cabal de ellos.

 

Otras culturas comprendieron la dificultad de heredar el conocimiento al porvenir y se decantaron por otros medios que, curiosamente, bajo la visión de la cultura imperante, parecieran no sólo primitivos, sino absurdos. Sin embargo, resulta que al cerrar caja, los resultados más eficientes ¡Oh ironía del pensamiento científico!, fueron aquellos que utilizaron los caldeos, los mayas, los egipcios: la vulgar roca, por su durabilidad y dureza. Vale tomar en cuenta que a los Incas el tiempo les quedó demasiado apretado como para ponerse a relatar su epopeya, o al menos eso nos hicieron creer, pero se dieron modos para crear una memoria viva en su sociedad, que perdura hasta nuestro siglo… El caso es que la piedra nos ha permitido dilucidar un pasado remoto y entenderlo en la medida en que consienten los retazos de historia allí descritos, pero es que en realidad aún hoy en día es imposible crear un registro completo de los millones de sucesos que ocurren a diario y que merecerían anotación.

Aprovecho para echar a volar la imaginación y conjeturar cómo podrían ingeniárselas unos arqueólogos de aquí a mil años para encontrarle significado a un “disco brillante y tornasolado”, a no ser (según miramos cualquier objeto antiguo hoy en día, por supuesto), como un adorno ceremonial de las-hembras- de-la-especie, previo a la conflagración apocalíptica, parte del período Pre-Destructio-Bio-Nuclear-Homini.

 

 

¿A dónde voy? Para empezar, la historia siempre fue escrita por aquellos que detentan el poder, de modo que eternamente conservará, en mayor o menor medida, sesgos creados por intereses particulares. Segundo, que la civilización actual está convencida de su permanencia, y ha construido artefactos que aparentemente conservarán la memoria colectiva para siempre, sin considerar que quizá en mil años sea muy difícil encontrar un enchufe de 110 voltios, 60 hercios, para disfrutar en pantalla gigante la descripción del vibrante mundo actual: porno, películas de acción y hectolitros de sangre.

 

¿No será que en definitiva afilamos demasiado los dientes para devorar el presente, dejando al futuro que se las ingenie para buscar el enchufe?

Quizá no es tan cierto aquello que dicen: el papel aguanta todo…

 

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